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Los aires dificiles-Almudena Grandes... Sara sí supo desde el principio por qué le llamaba la atención.
Era un individuo alto, e incluso robusto, pero tenía un aire levemente enfermizo
que le favorecía, suavizando los rasgos casi toscos, macizos, de una clásica cara
de campesino. El equívoco no iba más allá del abultamiento de sus cejas, del
tamaño de su nariz, de la carnosa rotundidad de su cuello.
Aquel hombre callado, que lo estudiaba todo con curiosidad sin revelar jamás sus
conclusiones, poseía la misma clase de elegancia innata, la misma plateada y
luminosa calidad de esos señores a los que Sara no había vuelto a ver de cerca
desde que dejara de ser una niña, una brillantez que desbordaba las etiquetas, el
precio, el impecable corte de la ropa que llevaba, para manifestarse en todos sus
movimientos, en su manera de sentarse, de encender un cigarrillo, de alargar la
mano para rechazar cualquier cosa con la muda cortesía de aquellos a quienes
siempre les ha sobrado todo. Preguntó y le contaron su historia, y desde entonces
empezó a mirarlo con ternura. Él, que la miraba ya con tanta insistencia como si
hubiera descubierto el revés de su personaje de mujer hecha a sí misma desde la
humilde morada de un viejo militante histórico brutalmente represaliado por el
régimen, respondió sentándose cada vez más cerca, hasta que un día logró
colocarse a su lado.
—¿Por qué me miras tanto? –le preguntó ella en un susurro, sin mover la cabeza,
los ojos fijos en la persona que estaba hablando en aquel momento.
—Porque me gusta mirarte –contestó él, con una seguridad a la que Sara no
acertó a oponer nada.
Luego, cuando la reunión terminó, Vicente salió con ella y la acompañó hasta la
puerta de su despacho sin despegar los labios. De vez en cuando, Sara se reía
ante la muda terquedad de aquel cortejo, y entonces él se reía también, igual que
un niño, sin más motivos que el presentimiento audaz, jubiloso, de que por fin
habían vuelto los buenos tiempos de hacer tonterías.
—Bueno... –dijo ella, al final del último pasillo–. Pues ya hemos llegado.
—¿Quién eres tú, compañera?
–le preguntó él entonces, empleando por primera vez, en tono de broma, esa
palabra que el tiempo acabaría convirtiendo en una contraseña irónica, y sin
embargo sincera, entre los dos–. ¿De dónde sales?
Sara resopló, se apoyó en la puerta y le miró al fondo de los ojos. Para esa
pregunta sí tenía respuesta, llevaba semanas pensándola, desmenuzándola,
elaborándola para poder ofrecérsela a sí misma.
—Soy tu opuesto –le contestó–, tu igual y tu contrario. Como un reflejo tuyo en
un espejo... 引用通告此日志的引用通告 URL 是: http://folioymedio.spaces.live.com/blog/cns!EE9E090267589A80!909.trak 引用此项的网络日志
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