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    Palabras, solo palabras

     
    El hombre que es hombre
    porque llama con su boca
    cuanto no le corresponde,
    porque necesita nombres:
    palabras, etiquetas…
    que le permitan  enmarcar
    el inexpugnable misterio
    de su propia soledad postrera.
     
    El hombre que es hombre
    porque emula cuanto no alcanza y recrea,
     
    El hombre que es hombre
    porque teme cuanto sueña;
    y piensa…
    Y cuando se le levanta la piel
    como latón laminado,
    cuando le tiembla la voz
    como carne de niño,
    cuando palpita,
    y un escalofrío discurre
    entre los dientes y la medula,
    cuando la incertidumbre le acomete
    en noches de invierno,
    y la realidad le desborda
    y sin saciarle le llena…
    es entonces,
    cuando al lenguaje recurre y recrea:
    las palabras, sus miserias…
     Pone un nombre a cada cosa
    y una cosa para cada nombre,
    Y su acción  le otorga la “certeza”
    de poseer de algún modo
    aquello que sus labios bosquejan.
     
     Con manos cobardes y procelosas,
    articula en verbo lo que su alma sueña,
     encontrando  debilidad en su consuelo
    y palabras en su debilidad.
     
    El hombre que es hombre
     por renovar cíclicamente la entrega,
    entretejiendo su vida
    entre irreconocibles letras,
     
    El hombre que es hombre
    porque teme cuanto sus manos sueñan
    y escapa con brazos de aire hacia nuevas cadencias
     reconstruyendo un mundo,
    que no es mundo en función a cuanto falsea.
    Renegando de la flor por pretender poseerla,
    del amor por pretender nombrarlo…
     
    El hombre que es hombre
    porque busca la esencia ultima de las cosas,
    Tratando inútilmente  de transmutarlas en verbo,
     creando falaces sortilegios
    que le alejan de la esencia de las cosas,
    las cosas en si mismas,
    sin artificios ni etiquetas.
     
    El hombre que es hombre
    porque buscando su dios,
    su calma; blasfema.
    Y se busca a si mismo
    y no encuentra mas que nombres,
     ecos lejanos de su naturaleza.
     
    El hombre que es hombre
    porque ha renunciado a serlo,
    y se encuentra más solo que nunca,
    a  oscuras, con nuevas ansiedades,
    y un puñado de letras insatisfechas         

    Camino

     
    Camino y espina, espina y camino.
    Mañanas, tardes, noches… camino,
    siempre el mismo camino
     
    Huir a los cerros
    huir de la herida
    Para reabrirla nuevamente cada día
     
    Caminos, muchos caminos,
    se entrecruzan para llegar a un mismo destino.
     
    El destino como una condición inalterable
    que antecede tus pasos,
    y cuya esencia solo puedes sortear en interludios fugaces,
    que deparan en diferentes agonías con mil matices iguales.
     
    Silencios como ortigas en flor,
    camino, que pretendes cambiar y acaba cambiándote.

    Desconcierto que acomete en madrugadas de silencio,
    silencios de boca grande, bocas grandes de silencio.
     
    El silencio como un sudario de cadenas sin nombres.
    Nombres que evocan silencios,
    silencios que invocan soledades.
     
    Compromisos, acuerdos, contratos bodas….
    Silencios… que buscan cuanto evaden  

    Siempre respete las catedrales

     
        Siempre respete las catedrales, enormes mausoleos inhiestos, que  parecieran pretender  alcanzar al cielo… ese silencio enigmático, esa paz que pudiera confundir al más acérrimo ateo.  
        Siempre respete las catedrales, espacios altos  donde los ecos de tus pasos  quedan cobijados por siempre.
      Las catedrales, desiertos  habitados por los vestigios  de soledades remotas  que se buscan inexorablemente en el tiempo. Olvidados, sempiternos, desheredados de la tierra, perdidos en ese extraño lugar donde el tiempo deja de percibirse en su habitual modo .
        Siempre respete las catedrales, sin sus obispos, sus feligreses, sus abades … sin sus misas ni sus miedos, sus vulgares miedos... Siempre respete las catedrales, sus tormentos y sus escapes .
        Cuando el hombre deja de ser hombre y busca en sus pasos lo eterno, lo bello, lo inmutable, la inmortalidad  de su propio nombre que apunta hacia un cielo sin dioses, cuando  busca a tientas y no se conforma con las pequeñas verdades cotidianas.
        Cuando el hombre deja de ser hombre y camina sobre su propio misterio, y con manos temblorosas -arrogantes-  busca cuanto no encuentra, cuanto le falta y desconoce, y acaso no existiendo inventa cuanto necesita, creyendo en su anhelo justificación y causa de cuanto crea,  y alzando las manos hacia el infinito, construye piedra a piedra cuanto sueña, para poder regresar después sobre sus propios pasos, a ese refugio edificado sobre la frialdad del mármol, ese lugar  de sosiego, tranquilidad, calma  que permite cobijar a su pobre alma atribulada.
        Cuando el hombre deja de ser hombre… es entonces cuando le respete

    Te perdí

     
    Te perdí,
    te perdí incluso antes de haberte conocido
    antes de que tu boca golpeara contra la mía.
     
    Te perdí,
    con la clara conciencia de que una vez fuiste mía.
     
    Te perdí,
    te pierdo cada día, para poder volver a tenerte
     
    Me asome a tu soledad buscándome
    y no encontré mas que la suma de dos soledades contrapuestas.
     
    ¿Como culparte?
    ¿Cómo culpar a un coleccionista de soledades postreras?
    ¿Como pretender que me pertenezcas,
    sin pertenecerme yo si quiera?
     
    Con la arrogancia de un niño austero
    quise tatuar sobre tu piel con gena,
    indelebles flores de arena.
     
    Pretendí que dos soledades al sumarse dejarían de serlo,
    que el vacío pudiera transmutarse en suma,
    como si infinitamente cero,
    no siguiera resultando cero,
    como si infinitas soledades
    no deparasen en un mismo silencio.
     
    ¿Cómo culparte?
    ¿cómo culpar a un mundo que no es mundo porque yo lo vea?
    sino que sigue siendo mundo al margen de mi existencia
     
    Te perdí… aún te pierdo en cada entrega