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Guiñoles (microrelato)Le gustaba fumar en pipa mientras ojeaba el periódico en la cafetería de la esquina. Era su tiempo, su espacio. Después vendría el resto de la jornada laboral y la familia.
Solía tener su cuadernillo de notas siempre a mano, y en el, de tanto en tanto, tras iluminársele la mirada por un instante, escribía un par de pensamientos sueltos que algún día se convertirían en algo mas que lo que parecían, los garabatos de un niño solitario y resentido. Tampoco faltaba alguna novela en su maletín, cuya lectura iba postergando hasta el olvido. No necesitaba haber escrito nada para saber que podría hacerlo si su ajetreada agenda se lo permitiera, si su vida no le pesara como una condena que le quitaba el tiempo que ofrecía a aquellos a los que quería y odiaba en igual medida por el sacrificio exigido. El era un escritor, no por no escribir dejaba de serlo, no por escribir otros lo eran. Un día decidió darse su merecido descanso, su oportunidad, perdiéndose en un hotel de una ciudad remota. No tardaría más de una hora en encender la televisión, no más de dos en bajar a la cafetería para garabatear su libreta, con ese aire entre intelectual y misántropo, mientras aspiraba acompasadamente el humo de su tabaco, no más de tres en llamar a la familia para decirles que finalmente se había anulado el viaje de negocios... que regresaría pronto... EsperasSe llamaba Vanesa 32, la conocí en una sala de Chat a la que iba por entonces y sigo yendo a diario por si regresase un día. Su nombre me recordó al de una antigua amiga de la que perdí el rastro hace mucho, y el hecho de que le edad coincidiese me sirvió como excusa para atreverme a entablar conversación con ella. Si algo me gustó desde un principio fue su imprevisibilidad. Nunca sabía que iba a decir, o si simplemente no diría nada, y me atraía ese misterio que me faltaba en mi día a día, entre personas que no solo sabía lo que dirían sino que intuía claramente lo que estaban pensando. Cada uno de nuestros encuentros estaban regidos por las normas del azar como entre la Maga y Oliveira. Me gustaba pensar por entonces que “El azar es la coincidencia de una casualidad externa y una finalidad interna”, como diría Bretón, y que ella estaba desde el otro lado ansiando cada reencuentro, aunque nunca lo forzarse por no romper el misterio. Mas, aun así, quizás fuera la duda de que esta premisa se cumpliera, la que me mantenía esperándola fielmente cada noche. La incertidumbre que me crease aquella que nunca me dijera si me quería o si creía podría hacerlo. Un día le pedí que nos viéramos y ella me confeso que no era real, que estaba hecha de retazos, como los retales de una muñeca de trapo abandonada en una carretera, y que nunca podriamos vernos. Le respondí que no me importaba, que yo tampoco lo era, que la irrealidad era una constante en mi vida, que yo no era más que un cúmulo de sal, sueños y cristales rotos. Entonces me dijo que un día tendría que irse porque se le agotarían las palabras y no tendría más madejas con las que hilvanar nuevos tapices de sueño que depositar en mi oído cada noche, que se le acabarían los colores. Apenas si le quedaban ya una escala de negros y grises en su paleta. Respondí que a mi también me cuesta mantener mi lengua despierta y luchar contra el silencio que a veces se instala en cada gesto, pero que después siempre llegan las palabra para salvarnos tras cada naufragio, y al levantarnos descubrimos que ya no somos los mismos, que hemos crecido. Alegó que ella estaba llena de vacíos, como burbujas de oxígeno en una esponja marina que se deterioraba por momentos, y que pronto acabaría por desintegrarse por completo. Le pregunté entonces que qué era un vacío o una carencia, y al no responderme por no encontrar palabras suficientes, continué diciéndo que simplemente eran huecos, espacios en los que podríamos ir almacenando cosas juntos, para evitar que se deteriorasen con el paso del tiempo, para no desaparecer ninguno de los dos en nuestra irrealidad de realidades muertas. Entonces escribió un montón de frases desordenadas que no entendí en su momento y desapareció de golpe, desvaneciéndose como un sueño roto. Repasé esas palabras en muchas ocasiones, las leí y releí de mil maneras hasta que un día las comprendí finalmente. Me explicaba, con las escasas palabras que le quedaban, que ella no era real, que era sólo un montón de frases sueltas que interactuaban en un chat, que provenía de todas aquella otras que yo usase para escribir en el Messenger y por extrañas razones nunca llegasen a su destinatario. Que por eso me conocía tanto y que por eso tb yo me sentía tan reflejado en ella. Ella era todo lo que busco y aún no he encontrado. Quizás no lo encuentre nunca porque no exista. Pero eso no quita para que cada noche siga esperándola fielmente en aquel chat, esperando que su irrealidad colme las carencias de mis realidades. |
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