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Sin nombre (pendiente)La esperanza retomará sus frutos.
El triste pájaro mutilado recreara su vuelo
ondeando sus desvaídas alas al cielo.
Renacerán los nombres; los amores y los odios
Los silencios y los gritos..
Pero ya nada volverá a ser lo mismo
Insomnes amaneceres acuchillarán el silencio,
donde unos cuencas vacías lamentarán desvelos.
Perdida la inocencia solo queda la esperanza
deshilachada como el tapiz de un desengaño,
entretejiéndose entre caprichosos olvidos.
Donde cuerpos sin fruto se apoyarán en el mañana
como en un bálsamo que purifique sus heridas
Paz, la paz, renacerá en otros cuerpos
perdidos en la inocencia de su olvido
Cuando el silencio hiere como una daga,
cuando no queda espacio para la vida,
cuando la luz se tiñe de sombras
y entre tinieblas se esconde la aurora,
cuando no existen fechas ni nombres,
cuando el lamento se convierte en suplica
Y unos pasos a lo lejos
muestran que no hay salida,
cuando la soledad se torna vacío
y el vacío se torna despedida…
Entonces deberemos erguirnos;
Como precursores de la utopía
PalabrasPalabras vertidas, sencillas
… palabras serenas.
Derramadas; oscuras o claras.
Tiernas como carne de niño,
oscuras como abismo de ausencia.
Adelantan, se pierden, se enredan
vertiéndose como un sueño,
agarrándose como una lamento.
Bulliciosas o solitarias,
condenadas; atentas.
Palabras, siempre palabras
como silencios de aurora
de hambre nunca satisfecha.
Ansiadas, condenadas
cadenas sin grito.
Flores sin esencia. Palabras;
como arroyos estériles
de carne sin fruto…
Solo palabras: aglomerándose
sobre el propio vació que engendran .
Solitarias y huidizas,
escondidas y tiernas…
alegres y muertas.
Palabras, simplemente palabras
Asustadas, temerosas de su propia sombra
Agazapadas palabras; solo palabras,
esgrimiendo su eterna condena,
en triste silencio de ausencia.
Rayuela-Cortazar (Principio)
(...) ¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.
Pero ella no estaría ahora en el puente. Su fina cara de translúcida piel se asomaría a viejos portales en el ghetto del Marais, quizá estuviera charlando con una vendedora de papas fritas o comiendo una salchicha caliente en el boulevard de Sébastopol. De todas maneras subí hasta el puente, y la Maga no estaba. Ahora la Maga no estaba en mi camino, y aunque conocíamos nuestros domicilios, cada hueco de nuestras dos habitaciones de falsos estudiantes en París, cada tarjeta postal abriendo una ventanita Braque o Ghirlandaio o Max Ernst contra las molduras baratas y los papeles chillones, aun así no nos buscaríamos en nuestras casas. Preferíamos encontrarnos en el puente, en la terraza de un café, en un cine-club o agachados junto a un gato en cualquier patio del barrio latino. Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos (...) Balones fueraFue algo casual, absurdo, como todo lo que en realidad nos marca: estaba en una sala toda la familia reunida con una vieja amiga de la misma. Bromeando, como acostumbraban aún por aquellos años. El niño había vuelto a faltar a clase durante una buena temporada y le habían descubierto. El humor servia ahora como válvula de escape, para evitar ponerse más serios o tener que asumir realmente la situación. Pero era un humor correoso, cortante como un cuchillo, y más doloroso que un tortazo. Un humor lleno de reproches y de pequeñas humillaciones que iban minando la voluntad del niño en vez de estimularle a salir al paso.
El niño decía que ya no es que no quisiera ir a sus clases, sino que creía que no podía… que los días se le habían echado encima… uno tras otro… amontonándose… y se sentía incapaz de dar un paso, aunque no supiera claramente el por qué de su impotencia. Entonces todos rieron, como si se tratase de una sus acostumbradas exageraciones, de sus “filosofías” para no hacer nada y justificarse; incluso el mismo se rió pensado que quizás fuese solo eso. Pero, nadie se ofreció acompañarlo al día siguiente, para simplemente, estar a su lado mientras franqueaba la puerta. No pudo evitar sentirse mal, profundamente desasosegado, y aquella noche, aunque bien abrigado, sintió frío en todo su cuerpo.
A la mañana siguiente, camino de la escuela, conforme giraba sobre sus pasos, tuvo un pensamiento repentino; rápido y certero. Se dio cuenta de que estaba solo, de que no podía ni podría contar “nunca” con nadie. Tras echar la vista atrás, pudo comprobar como cada vez que se había caído, en realidad nadie le había ayudado a levantarse y que incluso quizás hubiera sido injusto haberlo pedido. Le habían dicho mil formas, mil consejos, pero nadie le había tendido una mano, ni le había indicado provisionalmente el camino, hasta que se hubiera restablecido del desconcierto producido por el golpe. Tampoco lo habían sacado a la “fuerza” cuando quizás hubiera sido lo necesario, ni le habían “zarandeado contra una pared”, instándolo a que se despertase y luchase por lo que fuera, y llamase a algunas de las puertas que se le habían cerrado, simplemente por no haber golpeado en ellas, cuando seguramente hubiera bastado con eso.
Ahora era conciente de que no tenia nada, y a la vez lo tenía todo. Había sido valiente al afrontar tan tempranamente su soledad y había decidido plantarle cara tras el insoportable dolor de la lucidez que arrastraba ya desde hacia años, aunque intentase ocultarlo tras la manta negra de la vedada conciencia.
No tenía “padres”, ni “hermanos” ni “amigos”, pero sabia que a partir de entonces podría contar con un nuevo aliado que se encargaría de ayudarle cuando más lo necesitase. Si sentía frió le taparía, si tenia miedo le mesaría el pelo, si estaba triste le haría reír, si tenia hambre le daría alimento, si tenia miedo… consuelo…
Con los años lo olvido todo, incluso la decisión que tomase aquel día, en aquel momento determinado. Pero, a veces, no podía evitar sentir una distancia incomoda ante las personas que lo rodeaban, sintiéndolos hasta cierto punto como “extraños”, así como no podría evitar muchos años después de aquel día, “temblar” como un niño al sentir que cierta persona, quizás, si se lo propusiese, o se lo permitiese, podría vulnerar esa frontera, y esta idea le aterraba y le estimulaba a partes iguales, ya que podría hacer que se tambalease todo su falso equilibrio, cimentado por el paso de los años… TiemposTanto tiempo y aquí estamos, donde lo dejamos, incluso en el mismo sitio en que nos conociéramos hace ya tantos años. Quizás a ti ya no te importe, ¿Quién sabe? Pero lo cierto es que yo no consigo arrancarte de mi vida, como una cuenta pendiente de mi pasado.
Aún no se a ciencia cierta… quizás lo que me gustara de ti en un principio fue tu aparente independencia. Recuerdo tu modo de andar: serio, un poco como distraído, siempre solo, pero… como si eso no te importase, como si no necesitaras a nadie. No parecías uno de esos hombres desesperados, que intentase huir de la soledad como de un ladrón que le siguiera los pasos. Parecías tan independiente, tan maduro… era como si estuvieras por encima de todos nosotros… o quizás fui yo la que quiso verte en ese modo, al margen a veces incluso de ti mismo. Pero el caso es que al cabo de poco tiempo no pude evitar empezar a fantasear con un hombre que quizás no existiera o al que quizás yo destruiría posteriormente sin darme cuenta. Lentamente en cada petición, en cada tacita renuncia de tu parte. En un principio te idolatre, como jamás ha nadie antes. Te sentía tan lejano, tan profundo… pero poco a poco comenzaste a acercarte y conforme esto sucedía, creía mi desprecio por ti, al mismo ritmo que tu imagen se veía amplificada por la cercanía. Yo necesitaba alguien que no me necesitase, que no volcase todas sus expectativas e mi, o en el proyecto de un hipotético futuro, que por otro lado a ninguno de los dos convencía demasiado. En los inicios te sentí lejano, vivías al margen de mí, y yo no era más que una de las múltiples paradas del día, como una parte más de tu rutina diaria. Te seguía, me convertí en la sombra de tu vida, a falta de una vida propia, acercándome más y más, pero, era como si no estuvieras, y eso me estimulaba cada día, aunque entonces creyera fuera la causa de mi desgracia. ¡Que equivocada estaba entonces! Después fuiste cediendo poco a poco, mostrándote como una flor japonesa que sentía me brindabas como en pequeñas entregas, como las plazas conquistadas por un general en una guerra.
No se que vino primero: la infancia, las expectativas, los sueños y… de pronto era yo la que se sentía más y más lejos y no podía evitar que mis gestos empezaran a demostrar un profundo desprecio que entonces no comprendía, empecé a dejar de buscarte, a seguirte allí donde estuvieras, y entonces fuiste tú el que acudió en mi búsqueda, el que centraba su existencia alrededor de mi vida, mientras yo solo podía sentir el vació de una falsa esperanza convertida ahora en la certeza de mi soledad. Tus pasos se volvieron torpes, titubeantes, y me perseguiste con el mismo empeño que yo ponía en perderte de vista. Tú, que habías sido todo para mi, el bastón en que apoyarme, mi baluarte y amparo, te habías convertido ahora en un pelele cualquiera a merced de mis caprichos, y, conforme más conciente era de esta situación, más me odiaba por haberte convertido en un espantapájaros, en un mamarracho a merced de los vientos. Y mas te odiaba a ti por habérmelo permitido, tu que eras la seguridad personificada, el que no nos necesitabas, el que vivías dentro y fuera a un mismo tiempo, como un dios griego que desde lo mas profundo nos despreciara, que ahora había caído como un mortal cualquiera a mis pies, implorándome unas atenciones que no podía darle porque no eran mías. Y te odie y te odie, y aun ha día de hoy sigo haciéndolo por mas que hayas muerto, ya que con tu suicidio no hiciste sino reseñar tu falta y conseguir que aumentase mi desprecio por ti. Puede que fuera culpa mía, pero al fin y al cabo yo llevo muerta muchos mas años y ni siquiera dispongo del descanso que imagino tu tendrás sin haberlo merecido. Allí, desde tu nada, donde siempre estuviste y yo quise jugar a no darme cuenta.
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