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日志


Ojos de perro azul-Gabriel García Márquez

Entonces me miró (…)  creía que me miraba por primera vez. Pero luego (…) comprendí que era yo quien (…) miraba por primera vez. (…)Durante breves minutos estuvimos haciendo nada más que eso: mirándonos. Yo (…) desde el asiento (…). Ella de pie, con una mano larga y quieta sobre el velador, (…) Le veía los párpados iluminados como todas las noches. Fue entonces (…) cuando le dije: “Ojos de perro azul”y Ella me dijo, (…) “Eso. Ya no lo olvidaremos nunca (…)”.
La vi caminar (…)  y  (…)  aparecer en la luna circular del espejo (…) con sus grandes ojos de ceniza (…) “Temo que alguien sueñe con esta habitación y me revuelva mis cosas” (…)dijo  (…) y tendió sobre la llama  (…)  la mano larga y trémula.
 "No sientes el frío” (…)dijo(…) Y yo le dije: “A veces”. Y ella me dijo: “Debes sentirlo ahora”. Y entonces comprendí  (…) : Era el frío lo que me daba la certeza de mi soledad. “Ahora lo siento -dije- y (…) es raro (…) tal vez se me ha rodado la sábana.”
Sin verla, sabía lo que estaba haciendo(…) que estaba (…) sentada frente al espejo (…), frente (…)a la pared lisa (…)como espejo ciego(…)  “Te veo”, le dije. Y vi (…) como si ella hubiera­ levantado los ojos (…)Después la vi bajar los párpados (…) sin hablar. Y (…) volví a decirle: “Te veo”. Y ella volvió a levantar los ojos.
“Creo que me voy a enfriar -dijo- esta debe ser una ciudad helada.” (…)y su piel de cobre al rojo se volvió repentinamente triste. “Haz algo" dije y empezó a desvestirse, pieza por pieza (…) Le dije: “Voy a voltearme contra la pared”. Ella dijo: “No. De todos modos me verás como me viste de espaldas" (…) no había acabado de decirlo cuando ya estaba desvestida casi por comple­to, con la llama lamiéndole la larga piel de cobre. (…) Y antes de que yo cayera en la cuenta de que mis palabras se habían vuelto torpes frente a su desnudez, ella se quedó inmóvil, calentándose en la órbita del velador y dijo: “A veces creo que soy metálica (…) y a veces, cuando me duermo sobre el corazón, siento que el cuerpo se me vuelve hueco y la piel como una lámina. Entonces, cuando la sangre me golpea por dentro, es como si al­guien me estuviera llamando con los nudillos en el vientre y siento mi propio sonido de cobre en la cama" (…) Me habría gustado oírte”, dije. Y ella dijo: “Si alguna vez nos encontramos, pon el oído en mis costillas, cuando me duerma sobre el lado izquierdo, y me oirás resonar. Siempre he deseado que lo hagas”.
Dijo que durante años no había hecho nada distin­to. Su vida estaba dedicada a encon­trarme en la realidad, a través de la frase (…): “Ojos de perro azul”. Y en la calle iba diciéndola (…) en voz alta, (…) era una manera de decirle a la única persona que ha­bría podido entenderle: “Yo soy la que llega a tus sueños todas las noches (…)
Dijo que una vez llegó a una droguería y advirtió el mismo olor que había sentido en su habitación una noche, después de haber soñado conmigo. (…)Entonces se acercó al dependiente y le dijo: “Siempre sueño con un hombre que me dice: ‘Ojos de perro azul' ”. Y dijo que el vendedor le había mirado a los ojos y le dijo: “En realidad, señorita, usted tiene los ojos así”. Y ella le dijo: “Necesito encontrar al hombre que me dijo en sueños eso mismo”. Y el vende­dor se echó a reír y se movió hacia el otro lado del mostrador.
 “Yo trato de acordarme todos los días la frase con que debo encontrarte -dije- Ahora creo que mañana no lo olvidaré. Sin embargo (…)  siem­pre lo he olvidado" (…)Y ella dijo: “Tú mismo las inventaste desde el primer día”. Y yo le dije: “Las inventé porque te vi los ojos de ceniza"
Sus dientes apretados relumbraron sobre la llama. “Me gustaría tocarte ahora”, dije. Ella levantó el rostro que había estado mirando la lumbre, levantó la mirada ardiendo (…) y  (…)  sentí que me vio (…)“Nun­ca me habías dicho eso”, dijo (…) y (…) me pidió un cigarrillo (…) se lo tendí (…)  se inclinó para alcanzar la llama (…) y exclamó: “Ya esto es otra cosa. Estoy entrando en calor”. Y lo dijo (…), como si no lo hubiera dicho (…) como si lo hu­biera escrito en un papel y hubiera acercado el papel a la llama mientras yo leía: “Estoy en­trando”, y ella hubiera seguido con el pape­lito entre el pulgar y el índice, dándole vuel­tas, mientras se iba consumiendo y yo acababa de leer: “... en calor”, antes de que el papelito se consumiera por completo y (…) cayera convertido en un liviano polvo de ceniza: (…)
A veces, cuando ya estábamos juntos, alguien dejaba caer afuera una cucharita y despertábamos(…) Habíamos ido comprendiendo que nuestra amistad estaba subordinada a las co­sas, a los acontecimientos más simples(…)
“Me gustaría tocarte”, vol­ví a decir. Y ella dijo: “Lo echarías todo a perder” (…) Y tendí la mano por encima del velador. (…) no se mo­vió. “Lo echarías todo a perder”, volvió a decir, antes de que yo pudiera tocarla. (…)
Me di­rigí hacia la puerta. (…), “No abras esa puerta –dijo-. El corre­dor está lleno de sueños difíciles”. Y yo le dije: “¿Cómo lo sabes?” Y ella me dijo: “Porque hace un momento estuve allí y tuve que regresar cuando descubrí que estaba dor­mida sobre el corazón (…)allá afuera está una mujer soñando con el campo  (…)Es esa mujer que siempre ha deseado tener una casa en el campo y nunca ha podido salir de la ciudad”.
(…) “Mañana te recono­ceré” (…)dije (…) y ella dijo (…)  con una sonrisa triste —que era ya una sonrisa de en­trega  (…) a lo inalcanzable—: “Sin embargo no recordarás nada (…)Eres el único hombre que, al despertar, no recuerda nada de lo que ha soñado”.

lluvia de verano

 
Tarde  de verano, en una plaza junto a un  cruce, a un lado de la  calzada, hay un semáforo en rojo para los transeúntes. Está lloviendo, casi ha  anochecido, pero aún se conserva  cierta luz crepuscular de tonos rojizos y ocres, que se confunde con los haces de luz de los coches y de una farola apoyada a un lado de la acera.
La carretera está empapada, se respira un cierto ambiente de irrealidad, casi de ensueño y un humo gris oscuro invade toda la escena.
Los automóviles  tocan desesperadamente sus bocinas, pero el sonido apenas es audible, lo más hace de fondo, como el arrullo de las olas en una terraza de un hotel costero cualquiera, con música de orquesta.
Aparece una mujer entre la lluvia: es delgada, pequeña, su tez es fina y clara y hay en todo lo que hace una gracia especial, se mueve  entre los coches frenéticos con elegancia,  bailando, dando saltitos como una bailarina esquiva, sorteando los vehículos caprichosamente, de un lado, de otro, girando con ambos brazos abiertos y la cabeza inclinada hacia atrás ondeando su larga cabellera, meciendo todo su cuerpo  al son de una melodía que al parecer solo ella escucha, al igual que nosotros.
Las gotas de lluvia se traslucen a través del cerco de las luces: de los vehículos, de la farola… El contorno de la luna comienza a aparecer tímidamente en escena y  cada vez llega más y más gente colocándose  repartidos entre ambas aceras; a un lado y a otro de la carretera, mientras  ella gira y gira como una noria, y sonríe ajena al efecto que en los demás provoca, creciendo a su alrededor el desconcierto.  
No lleva paraguas, ni chubasquero ni nada. Viste con ropas de verano, y toda ella da sensación de fragilidad, de estar a merced de los elementos, desbordada pero feliz, con la cabeza bien alta, sin que parezca molestarle el contacto de las gotas sobre su frente; discurriendo sobre los parpados, las mejillas, las comisuras de los labios, entre las clavículas…  pareciendo como si el contacto la liberase, la sacudiese, despertándola y dándole alas  
Su cuerpo esta aterido, su lívido rostro comienza a adoptar tonos azulados calada como está  hasta el tuétano, pero su rostro aún así mantiene una expresión de plenitud, de ligereza y frescura   
La música va cediendo lentamente ahora, retrocediendo con cierto ritmo, como sus pasos de baile entre los automóviles. El sonido de la calle va ganando terreno; los transeúntes desorientados comienzan a increparla, insultándola pero sin atreverse a hacer nada, parece como si le tuvieran miedo, retrocediendo cuando esta se aproxima a unos de los dos lados, mientras los de la otra acera se aproximan más a ella para después retroceder como una marea rítmica. La miran, siempre de lejos, arañándola con las palabras,  uniendo sus voces al unísono  con el desgarrador estruendo  de la calle;  acrecentándose este por momentos, como la tensión nerviosa. 
Ella parece empieza a tomar conciencia de la situación, como despertando a la “vida”, pero ya no le importa,  sigue en su baile,  volviéndose este más violento, perdiendo parte de su inocente espontaneidad y frescura. Las gentes comienzan a acercarse desde ambos flancos, cercándola desde lejos como en un círculo imaginario. Su gesto se contrae, se vuelve serio, la línea de las cejas baja, se arquea hundiéndose los ojos y la boca, y comienza a esquivar las gotas de lluvia. Su cuerpo se contrae, se tensa y se inclina sobre un coche en actitud desafiante, este frena, y ella aprovecha para abalanzar todo su cuerpo hacia delante,  contrayéndolo como haría un animal sobre su presa. La música cede ahora débilmente ante  la algarabía popular, y ella  mueve la cabeza hacia atrás, desplazándose su larga melena azabache en identida dirección, golpeando su espalda como un látigo. Sus ojos se cierran y todo su cuerpo se tensa como un arco tras lo que  escapa saltando hacia atrás, hacia un lado y sobre otro auto. Lo provoca,  mira fijamente al conductor, abriendo extraordinariamente  la boca, desencajándola y mostrando sus dientes alineados, adelantando la quijada en posición retadora. La  tensión crece ante la mirada atónita del conductor, desvía los ojos a un lado como con desprecio y ella se desprende como un pájaro, mientras aumenta el griterío estrechándose el círculo e intensificándose los insultos, de un público que no se atreve a hacer nada  y se limita a  abuchear como   espectadores de una obra que no comprendiesen.
La música casi desaparece ahora,  solo se oye a la turba que se ha  apoderado de la situación, ha vencido, los movimientos de ella se hacen más frenéticos, desesperados, se apoya en el capo de un coche y lo golpea, el conductor hace amago de acelerar y ella adelanta el pecho junto con las rodillas y el mentón, abriendo los brazos como si quisiera abrazarlo, este se detiene,  mira a un lado a otro, manteniéndose en movimiento, perdiendo ahora el compás del todo.
La música apenas puede oírse ya, se echa las manos a la cabeza, a los ojos, los tapa y sigue moviéndose  sin ningún orden,  mecánicamente, sin dulzura, nerviosa, al borde de la histeria, desencajada… De pronto queda paralizada, cediendo a todo movimiento y adoptando  la posición del grito de Munch… pierde  el equilibrio y cae hacia atrás, dejándose en el último momento, abandonándose, con el cuello girado hacia la izquierda y el pelo adelantándose en la caída en sentido contrario.
Una motocicleta no consigue  frenar a tiempo y la atropella a la altura del cuello. Su silueta queda iluminada contra el pavimento, contraída en posición fetal, su último gesto es de paz.
 
(Pendiente )

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...Los hombres tendemos o bien a idealizar a la mujeres encumbrándolas hasta los cielos, o bien a reducirlas sepultándolas  en los infiernos. Pero, pocas veces sabemos estar  simplemente a vuestro  lado en el camino como cómplices compañero de viaje, cuando acaso sea  eso lo único que anheléis, y contigo a veces creo pudiera ser posible...

Lugares y miedos

…Es curioso yo tb me sentí así (y a veces me sigo sintiendo a día de hoy) excesivamente mediocre como para aspirar a estar con unos y con demasiadas ínfulas (infundadas) como para poder estar con otros. En el término medio de los que se sienten tan por encima de la media, como superados por aquellos otros que podrían interesarles.  Cuando me he codeado con estos últimos, generalmente mi trato  ha sido un tanto brusco, <impertinente> por así decirlo, como a la defensiva, anticipándome a excluirme yo mismo, antes de que lo hicieran otros en mi lugar. Cuando lo hacía con los otros, intentaba que no fuera así, pero a veces no podía evitar que en mis ojos brillase una cierta  soberbia, una falsa superioridad, ya que en el fondo, me sentía muy por debajo del mayor de los imbéciles con los  que me cruzase y quizás  hasta lo envidiase por su sentido de pertenencia.
Una vez me incluí como personaje en una mini obrita, hace ya algunos años, y decidí resumirme en una frase como un idiota con momentos geniales (o que quería creer que así lo eran, es decir, geniales) Pero al fin y al cabo era  eso, que no era ni idiota  ni genio y no estaba a gusto con ninguno de ambos grupos.
Vivía en un extraño limbo, rodeado de personas, pero sintiéndome sólo, como si no perteneciera a nada. Si me aceptaban yo no los aceptaba y como el otro, no quería pertenecer a un club que me admitiese como socio; por otro lado, si creía no sería admitido, aun sin razón para ello, me ponía a la defensiva excluyéndome yo de antemano.
Después me convertí en un camaleón, podía hablar en muchos registros dependiendo con quien me encontrase, cambiando por completo en casi todo, aunque en realidad no cambiase en nada. A veces debía parecer más un mono de feria, saltando de una rama a otra, y  no consiguiendo sentirme cómodo en ninguna. Era tan fácil hacer creíble una determinada imagen que en seguida perdía el interés por ella, así como por las personas que me rodeasen en ese momento. Era como una máscara de teatro que arrojase al suelo, aventurándome a buscar nuevos escenarios. Sentía que podía ser yo mismo con tantas caretas, que no terminaba de encontrarme cómodo con ninguna, y, como al parecer decía Borges, creía que podía ser cualquiera o no ser nadie.  
Recuerdo una frase de la gaviota  de Chejov, con la que podría a haberme sentido identificado entonces, aunque creo  ya no ahora: una madre respondía cruelmente  a su hijo tras criticar este  la obra de un autor de cierto renombre <<Eso es envidia. A las personas con ínfulas  pero carentes de talento no les queda más recurso que denigrar a los que si lo tienen. ¡Valiente consuelo!>>, así es como creo me hubiera sentido rodeado de ciertas personas.
Después creo fui cambiando, no se, creo que  aprendí a mirar a las personas con otros ojos, a no medirlas, mas que en su "humanidad" y al margen de esa, me importaba  poco el resto. Tb aprendí a perdonarme, a relajarme, a disfrutar con las cosas y no ha tomarlas como un reto, sino como un divertimento.
(…)
En cuanto a los miedos, recuerdo que estos en mi no llegaron con la adolescencia, sino que más bien desaparecieron con ella, haciéndose casi imperceptibles, condicionando eso si  mis actos a nivel inconsciente si los descuidaba mucho tiempo, pero no teniendo ya la suficiente fuerza como para hacerme temblar en la oscuridad de mi cuarto, ya que así como los sentimientos, se atenuaron.
 Recuerdo que me daba miedo todo de niño, por ejemplo no podía quedarme solo por las noches, mucho menos aun leer a ciertas horas -nocturnas que es cuando he estado siempre más despierto-. Sentía que si mi mente despertaba  sería como un caballo desbocado que me desbordase.
Mis pensamientos a veces me atormentaban, podían ser tan oscuros, tan crueles...  era un poco como se refleja en la película Fanny y Alexander, recuerdo la sensación de inventar una historia y que a los adultos se les pusiera la carne de gallina por saber que algo así había pasado, y yo leía en sus miradas lo que debía o no decir para atormentarlos, y tiraba como de un hilo intentando evitar que se rompiera. Todo comenzaba como un juego, pero después yo mismo me asustaba viendo el reflejo de mis historias en las pupilas de otros, y es que en el fondo no era más que eso, un niño asustado que se asomaba a un bacón demasiado extenso y confuso. Donde los limites no venían marcados.
Sabia que podía ser tierno, pero tb cruel, al igual que después descubriera que podía levantar a los demás pero tb hundirlos y hacerles daño, con heridas que creí nunca cicatrizarían.
Mi mundo era muy amplio y me daba miedo, me sentía un demonio y aun no proviniendo de familia católica, pensaba que ardería en el infierno por cada pensamiento oscuro.
Recuerdo que nunca me dieron miedo los fantasmas, verlos quizás hubiera sido más un consuelo,  pero me atormentaba poder llegar a vislumbrarlos en un momento cualquiera, alucinar, perder el control y dejar de diferenciar entre lo que era real y lo que no.
Tenía una gran imaginación y una gran capacidad para sugestionarme o sugestionar a los que estaban a mi alrededor y temía esto, más aún llegar a ser cruel con ellos,  pero sobre todo temía perder el norte, el equilibrio y no recuperarlo jamás.  En fin, enloquecer para que tanta palabra tonta.
Pero en realidad, por más que yo me viera de este modo, nunca llegué a hacer daño a nadie salvo a mi mismo, y la imagen que de mi tuvieron las personas que después para mi serían importantes, distaba mucho de la que yo de mi mismo me había formado, y no era más que la de un niño noble, vitalista, con una imaginación desbordante y con gran capacidad creían para soñar y hacer soñar a quien tuviese a su lado.         
Todo los miedos desaparecerían un día, descubriría  el poder de las palabras y que hablando sobre mis temores estos iban desapareciendo, como decía Cortazar en los reyes: <Sólo hay un medio para matar a los monstruos, aceptarlos> y noche tras noche, frente a alguna amiga aprendía a sacarlos a la luz, llegando a temblar incluso en algunos momentos, pero valía la pena, por que al día siguiente ya no estaban conmigo y me parecía increíble que hubieran estado allí un algún día…
 
Me releo ahora y me parezco de los más exhibicionista, y encima ni tan siquiera invento una historia para decir todas estas sandeces, juntas. Pero no se, como dije una vez: Ni mil palabras anularían un gesto (joder ya me cito a mi mismo como la otra) , y a veces noto gestos de cansancio en mis allegados aunque después me digan -que no es así, que siga…  que aunque siempre cuente la misma historia,  lo hago de un modo diferente y no se hace aburrida… bla, bla, bla,- Pero les canso, lo se, (es normal, ni siquiera les pago) , pero aun así no pienso renunciar al  poder curativo de las palabras, y seguiré extendiendo mis cefaleas, total. con no leer tenéis bastante, que yo seguiré rescribiendo de un modo automático (como escribo) la misma historia,  sonriendo complacido al ver que esta muestra ya una salida, que ya no todo es sombra como en otros tiempos… con algo más de 15 años

 

Alfonsina y el mar

 

La canción Alfonsina y el mar fue compuesta por los argentinos Ariel Ramírez y Félix Luna, en homenaje a la poetisa de la misma nacionalidad Alfonsina Storni, que se suicidó en 1938, internándose en el mar de la playa de Mar del Plata.

 

Ficción y no

   

 

...A veces creía no poder soportar esta vida, a veces me faltaban las fuerzas.
Hubo momentos en que pensé enloquecería con ese continuo zumbar como una abeja;
Siempre andaba debatiéndome conmigo mismo, con ese juez imparcial  que no me dejaba ni a sol ni a sombra.
Pasaban los días como una marea borrosa: lunes, martes, miércoles  enero,  marzo… entre subidas y bajadas  que podían  sucederse incluso en un mismo minuto.
Vivía siempre a merced de las emociones, ni siquiera las sentía como propias, eran mas como un río que me desbordase. Aprendí a ir suprimiéndooslas, hubo un momento que incluso creí  había muerto aunque los demás no pareciesen haberse dado cuenta.   <Quien no ama la vida no la merece> leí en un servicio, y asumiendo que quizás  fuera cierto me puse un plazo para merecerla.   
Dejar de sentir es fácil, volver a hacerlo ya no lo es tanto, pero poco a poco y con muchos tropiezos,  gateando como un niño, fui reconquistando lo que creí perdido.
Recuerdo  esa calma continua que se instalaba a mi lado y la  certeza entonces, de que si la traspasaba  entraría en una hiperactividad frenética, que me consumía ya  de antemano.
Todo me causaba ansiedad, todo me producía miedo y estaba seguro de que visto desde fuera no parecía sino un imbécil que no hiciera más que justificarse: -Míralo… es un vividor- -Pero ¿Es que acaso vive?-
Nunca terminaba nada y cada cosa que no concluía me pesaba como una condena. No era victima mas que de mi propio inmovilismo, y me sentía incapaz de dar un paso.
De todo me cansaba porque quizás tampoco nada me costó nunca demasiado y  no me atrevía a comprometerme con nadie ni con nada, porque sabía que les fallaría, que me acabaría fallando.
...
Aquellos “Maravillosos años” no lo fueron tanto, la adolescencia fue mas un infierno del que creí no saldría nunca; hasta que poco a poco fuera  conquistando parcelas de mi mismo, aprendiendo  cosas que otros ni siquiera necesitan aprender porque no les era necesario.
Sigo sintiéndome como un niño, de hecho no hago si no regresar a  aquel que traicionase durante la adolescencia. Se que  algunas veces veré a ese adolescente asomándose  por el espejo con su mirada de pájaro, con su modo de arrastrar la vida con dejadez, como un zapato viejo ruidosamente  por el asfalto, entonces le daré una colleja bien suerte y sonora para obligarle no solo a mirar atrás para ver todo lo que hemos ido conquistando, demostrándole  que el esfuerzo no ha sido del todo en vano, sino también hacia adelante, para ver juntos todo lo que aún nos quede por conquistar
 
Mientras siga teniendo piernas  seguiré cayendo y no me preocuparé sino cuando deje de hacerlo, en cuyo caso mejor es cualquier solución antes que el infierno de los autocompadecimientos.
...
Ahora me permito llorar, sufrir, reírme, equivocarme, ser injusto… y hasta a veces ser “feliz” y hacer el tonto de forma explicita,  cosa que antes no me permitía. Y me doy cuenta de que las edades no existen, que lo único que existe es la vida y el deseo o no de vivirla...
 
 
Te lo dedico A... (a ver si te animas  y escribes tú tb)

Recuerdo lejanos

  

Algunas veces, estás  bajo la ducha, todo tu cuerpo está empapado;  el chorro sigue discurriendo sobre ti pero notas que el agua ni siquiera te roza.  Si gritas  tu grito también te parece lejano. Tu mismo no sabes a ciencia cierta donde estás si es que estás en alguna parte. Miras tus manos y te parecen extrañas, ajenas, como si fueran las manos de otro.Las tocas, al igual que las piernas, los brazos... todo tu cuerpo...  es como si no te perteneciera. Podrías clavar alfileres en él sin importarte demasiado, pero no lo haces, aún algo te separa ya que aunque pudieras hacerlo en el tuyo propio, este no te pertenece y no te permitirias hacerle daño. 

Tirando del hilo salio una idea para un relato, porque nadie escribe de estas cosas, son comunes a todos pero parece como si nos  avergonzásemos, o es que nadie conoce esa sensación amplificada ahora al escribirla, ¿Acaso mi cuerpo la ha inventado ?  

El llanto (Boceto experimental)

  

 
 
...Una habitación cualquiera: simple, sencilla… luz de candelabros iluminando tenuemente los perfiles de las cosas. Se distinguen varios muebles: una cama, un velador, una silla, y algunas revistas y libros diseminados  por el suelo.
En el lecho hay un hombre tumbado, es joven, tendrá poco más de 20 años. Una luz le  ilumina ahora desde arriba como un fluorescente y podemos verlo con claridad:
Su cara es alargada, sus ojos pequeños y ligeramente rasgados. Viste un slip y una camiseta de tirantes ceñida. Su cuerpo es delgado pero resulta ancho de espaldas, como un nadador. Está sudando y da  sensación de escurridizo. Toda su fisonomía  tiene algo  de pez, y su nariz y sus ojos algo de pájaro.
Se mueve de un lado a otro de la cama con medios giros rápidos, espasmódicos, como haría un ave. Tiene los parpados cerrados, parece nervioso pero duerme profundamente. La luz comienza ahora a abandonarlo, volviéndose casi imperceptible.
En el lado derecho de la estancia una puerta se ilumina, y al hacerlo, el  gozne, circular y de color dorado de la misma, comienza a girar lentamente pasando esta a abrirse desplazándose lateralmente. La luz se atenúa ahora, casi desaparece.  Un hombre  franquea el umbral de la puerta y  encamina sus pasos hacia la izquierda, hacia la cama. La luz precede sus pasos, su trayectoria es oblicua. No se le ve claramente, pero si se aprecia que es alto, robusto pero delgado. Camina despacio y sus pasos son rotundos, pesados, emitiendo un sonido como de aldabón en una puerta.
 
Toc, toc, toc, toc, toc, toc, toc (siete pasos, siete golpes)
 
Se sienta a su lado, en la cama. La luz en forma de fluorescente vuelve a encenderse  un momento antes de que este llegue. Se puede percibir que se parecen, por lo poco que puede observarse de ellos. 
El mayor de ambos, el que permanece sentado,  podría decirse tiene  más de 50 años, pero no podríamos asegurarlo ya que solo vemos su perfil derecho y aparece oscurecido por la luz que llega desde el otro flanco, la misma que ilumina al otro hombre en su totalidad y a este lo convierte en un perfil oscuro . Apenas se mueve, únicamente observa al tumbado esbozando una media sonrisa deferente. 
 El hombre joven está dormido, solloza y emite sonidos aislados y sin sentido.
 
-Aaa, nooo uuuu-
 
 Pasa a gimotear  y cada vez lo hace con más fuerza, el hombre más mayor no cambia su gesto, apenas se mueve, únicamente se inclina un poco hacia el joven, pudiendo vérsele mejor ahora. Al inclinarse, aparece una luz cálida, de candelabro, y se ilumina tenuemente su perfil derecho hasta ahora  oculto. La nueva luz resta algo de protagonismo a la principal, el fluorescente,  pero aún así esta es más débil, secundaria.
El hombre sentado se mantiene ya en idéntica posición durante  el resto del tiempo, estático… Comienza a ser  evidente que se parecen muchísimo. El gimoteo, del dormido cesa y aparece un llanto desesperado, y tras el un grito que se abre paso entre las lágrimas y se intensifica en una queja de dolor que emite conforme se estrecha el vientre con ambas  manos, da la sensación de que lo han apuñalado.
 
-¡Aaaaaay!-
 
Acaba de despertarse, la luz del fluorescente aumenta sutilmente. Comprueba que hay alguien a su lado, pero en ningún momento le mira ni se muestra extrañado, al contrario que el otro a él,  que no descuida ni un momento sus ojos. Su gesto es serio, tranquilo y a la vez protector. El joven,  por el contrario muestra el rictus de la cara desencajado y tiene la mirada perdida en el techo.
La escena transcurre y ninguno de los dos dice nada, se distinguen sus perfiles casi idénticos.  Así pasa un largísimo  minuto.  
 
El joven mira a un lado, a otro… la actividad de sus pupilas es frenética, pero en cambio  no parece poder ver nada. Un escalofrío le recorre la piel  y no puede evitar emitir un gemido mientras el cuerpo le da una sacudida y se le eriza su escaso vello corporal.     
La luz secundaria, vuelve a crecer un poco mientras la principal retrocede débilmente, en su juego de protagonismo.
 
   
El extraño  (Tono de voz cálido, conciliador, como las manos que desliza por su pelo) –Carlos; ¿Que te sucede?  (Hace un leve paréntesis y una ligera inflexión en la voz, la dulcifica como al hablarle a un niño)  ¿Por qué lloras?-
 
Carlos: (exaltado) -¿No  lo ves…? – (dice, y  mira confuso alrededor de la habitación, como queriendo buscar algo para después mostrárselo. No ve nada, suda copiosamente, las sienes le brillan, se detiene en su dialogo y sigue mirando alrededor  con  los ojos muy abiertos y una mezcla entre extrañeza  y fascinación, parece completamente alucinado, ajeno ya al diálogo inicial)
 
El extraño ¿El qué? ¿Qué sucede? (insiste calmado)
 
Carlos (Ahora mira levemente al otro, y  vuelve a recobrar la angustia inicial.) -¡Ha Muerto¡- (Grita, y al hacerlo no consigue evitar que la voz le tiemble al igual que todo su cuerpo como una hoja. La luz fluorescente parpadea un par de veces)
 
El extraño -¿Quien ha muerto?- (le increpa tranquilo, alargando las palabras, como quien tirase de un hilo que no quisiera se rompiese)
 
Carlos -¡El niño, el niño ha muerto, ha muerto…! (breve pausa, mueve la cabeza a ambos lados. Se muestra aún más frenético) ¡Estaba llorando…el niño… llorando y se ha callado!- (Ahora habla más apresuradamente como intentando sacar algo de si mismo, hace una pausa, su respiración es agitada, mueve la cabeza a ambos lados con violencia, negándolo todo, como queriendo expulsarlo, sacudírselo. Breve pausa,  se detiene en sus ademanes, hace como que escucha e inclina la cabeza a un lado en una posición un tanto absurda) -¿No ves? (señala a su alrededor con la mano derecha) -Ya no llora- (se queda ahora pensativo ahora, se serena y con voz rotunda dice) –Esta muerto-
 
El extraño (Sonríe complacido y sigue tirando, evitando así que la conversación decaiga) Pero (pausa) ¿Qué niño?
 
Carlos  (Ahora esta tranquilo, sigue mirando hacia arriba, frunciendo el ceño considerablemente. Habla despacio… con una mezcla de dolor y dulzura) -Mi niño…- (se abraza el vientre con ambas manos y comienza a llorar tiernamente, cerrando mucho los ojos, todo su cuerpo se contrae, y adquiere la posición de una serpiente, en forma de “s”) -Estaba en mi vientre… -(breve pausa, muy breve, aumenta un poco la luz secundaría, igualándose ambas ahora) lloraba y se ha muerto- (empieza a salir sangre de la camiseta interior a la altura del ombligo y señala su vientre con ambas manos abiertas como quien muestra algo a la vez que lo ofrece)  no supe ayudarle… (aquí el tono de su voz se carga de patetismo) ahora se ha ido para siempre-
 
El extraño saca un pañuelo y seca sus lágrimas, Carlos de pronto se estremece como dándose cuanta de algo, un escalofrió vuelve  a sacudir todo su cuerpo como una ola que le invadiese y su piel se eriza como carne de niño. Intenta no mirarle, pero no puede evitar hacerlo mientras todo su cuerpo tiembla. La luz del fluorescente sube ahora gradualmente, oscureciéndose bastante la figura del hombre “desconocido”.
 
 El extraño  (con una media sonrisa, con calma, cálido, pero un tanto lúgubre))
Ya… (pausa) pero… (pausa) ¿Qué importa?  No tienes de que preocuparte, ahora yo estaré contigo… no pienso abandonarte nunca.
 
Carlos despierta sobresaltado, está en su habitación, un sudor frío recorre todo su cuerpo como un sudario. Tiene los ojos llenos de lágrimas, casi no puede abrirlos, al hacerlo apenas ve nada deslumbrado, solo manchas en forma de haces de luz que llegan de todas partes… de todas las lámparas. Intenta alzar la voz para llamar a alguien, pero renuncia al instante, esta solo, lo sabe y ya no le pesa, nunca más volverá a pesarle.
 
(Maria, como me critiques te mato)

 

El botellazo

Y me pregunto yo, por preguntarme, de la manera más tonta, y cambiando el acostumrado registro. ¿Qué pasaría si el famoso ya botellazo hubiera sido dado a un político cualquiera? ¿Si el agresor fuera un joven terrorista que dijera se sintiera instado por los dirigentes de los equipos de fútbol a cometer dicha acción?, es decir, en este caso -por decir alguno- Ibarretxe (aunque no tenga mucho que ver) y Oteguí.
¿Serian iguales las condenas y las ulteriores medidas llevadas a cabo? ¿ Igual la repercusión mediática? ¿Las posteriores “opiniones ciudadanas"?... ¿La justicia es para todos igual, o hay excepciones?

Y ahora ya sin inducir -o no tanto- desde vuestro punto de vista ¿qué creéis merece una mayor condena, dar un botellazo buscando producir un daño a una persona determinada, por el sufrimiento en si mismo, por la crueldad… o dar el mismo botellazo a esa misma persona buscando un fin totalmente diferente, utilizando la agresión como medio para conseguir otro fin completamente distinto?

O en otras palabras, cambiando la metáfora y siguiendo la espiral ¿Cuando actuaría peor un padre -según vosotros- al pegar a su hijo porque le apetecía practicar su golpe de derechas, o cuando -desde mi punto de vista equivocado- lo hace para intentar que aprenda una lección determinada porque cree, -en su ignorancia- no tiene otra opción posible para conseguir lo que busca? -en este caso enseñar, que no desahogarse- (¿Por qué será que al dar ejemplos suelo parecer un párroco dando misa?)

Que conste aun así, en acta (jejej) que no creo que la violencia deba ser justificada, sea cual sea el fin -o la causa- que la genere, mucho menos aún cuando es una fin en si misma.

Eso si, me molesta que intenten manipularme a diario con las mismas sandeces de siempre, y no por mí, sino más bien por tener que oír después a todos aquellos que repiten como papagayos las mismas sentencias. -Aprovechando esta variante en mi discurso (¿se ha producido ya o estaba a punto?)- diré que: mientras más convencida esta una persona de que tiene razón, más convencido estoy yo de que no la tiene, y el que no duda -de lo que sea- es porque o esta muerto o esta loco o es un fanático, y a mi que no me cuente películas que yo con las mías tengo bastante

(Un dos tres… pollito ingles ¿Quién juega?)