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La hijaCaminaba despacio, a pasos cortos, el tiempo había ido mutilando sus andares al igual que otras partes de su cuerpo y de su vida. El cuerpo ligeramente inclinado hacia delante, la espalda rígida como un pernio oxidado y la mirada dispersa entre los misteriosos secretos del pavimento. Su cuerpo menguaba día tras día, al igual que su deseo de seguir viviendo; calculaba que para el día que muriese, bastaría con una caja de zapatos viejos para el enterramiento. No fue siempre así, recordaba tiempos distintos -acaso mejores- en los que aun conversaba con sus allegados aunque nunca terminase de comprenderlos o -como temía- quizás les comprendiese demasiado. Su existencia había discurrido entre novelas y películas; algunos le reprochaban la había desperdiciado, él, en su fuero interno, argüía que se sentía mas cerca del arte que del patio de vecinos. Sus semejantes no habían conseguido aportarle gran cosa, y se había visto obligado a explorar nuevos mundos en busca de comprensión y de consuelo. Sus familiares eran ahora los personajes de sus novelas, los sentía más cerca que a los “auténticos”. Toda su vida cabía en una maleta, no necesitaba más, pensaba que toda posesión terminaba por poseerte y obligarte a plegar las alas limitando cada viaje. Una caja de zapatos debía bastar para toda una vida y toda pertenencia debía poder ser abandonada en cualquier parte del camino, sin sentir la imperiosa necesidad de volver la vista atrás. -No hay tesoro que pueda ser transportado salvo en la memoria, e incluso estos, a menudo pesan demasiado y nos encadenan- pensaba mientras caminaba serio y meditabundo. Llevaba años viviendo con una extraña sospecha, o más bien una intuición infundada pero no por ello menos real en su interior. Creía tener una hija que nunca le fue revelada, y ahora se dirigía hacia su encuentro. Ella estaba en el parque como cada día desde que había sido madre. La miro, ella también lo hizo, le bastó un instante para comprender que no era hija suya. Tenía sus rasgos, sus ojos e incluso algunos de los desencantados gestos que el debió haber tenido hacía ya muchos años, pero no, no era su hija, era demasiado real para serlo. Volvió sobre sus pasos lentamente, jamás volvería a mirar atrás Stella by StarlightHabían quedado en un hotel de las afueras de la ciudad, un lugar donde no hubieran estado antes, algún sitio de aquel maldito lugar cuyas pareces no estuvieran impregnadas de recuerdos de él, en espera de ser rescatados por ella del olvido.El tiempo transcurría y ella no aparecía, Carlos comenzaba a impacientarse e intentaba paliar los nervios con cigarrillos que no hacían sino aumentar un gigantesco dolor de cabeza que arrastraba desde hacia más de 10 años. Miraba a un lado y a otro impaciente. Era conciente de que se jugaba mucho aquella noche, había decidido darle un ultimátum y no parecía haber funcionado. Ya lo había dejado plantado otras veces, pero esta vez era distinta… definitiva. Le había dejado una nota aquella mañana en su trabajo -es él o yo, decide de una vez, llevo 5 años esperándote y creo que no podré hacerlo por mas tiempo, estaré en el hotel Paraíso con las maletas resueltas, si vienes nos vamos juntos, si no lo entenderé y desapareceré de tu vida del mismo modo que entre (sin hacer ruido)- Decidió salir al aire libre para despejarse un poco, mas renuncio en seguida, hacia un frió espantoso y el sonido de la lluvia martilleaba sobre sus oídos como el dolor por la certidumbre de que jamás volvería a verla. Penetró de nuevo traspasando el enorme hall y se acercó a una enorme cristalera desde la que percibía la soledad de aquella luna que seguramente jamás olvidaría durante el resto de su vida. Junto al piano, tan parecido a aquel otro sobre el que ella le impartiera sus primeras clases de solfeo, se encontraba un pianista avanzado en años, que tocaba Stella by Starlight, precedido por un saxofón imaginario que les acompañaría aquella noche a ambos. Hacia ya 5 años desde que todo comenzase, el buscando nuevos espacios para ampliar sus vuelos, había decidido introducirse por el misterioso universo de la música, a sabiendas de no tener facultad alguna y contar con poco tiempo para ejercerla. Ella era profesora del conservatorio y por las tardes aprovechaba para dar clases particulares, alivianado así su triste economía doméstica. Un anuncio en el periódico fue suficiente para la primera cita, y un par de miradas bastó para que surgiera algo entre ellos, una chispa especial capaz de encender un par de corazones muertos y hacer que esa misma noche ambos se olvidasen de veinte años de diferencia. Lo demás vino rodado, el dolor y el amor que jamás conseguirían negarse, por mucho que se escudasen en falsos prejuicios. Eran las dos de la madrugada, decidió llamarla a su teléfono móvil: un tono, otro más, otro… respondió la voz de él, el extraño; su marido, -dígame- contesto sobresaltado, -si, diga, pipipi- -Está claro, esto se ha acabado- pensó. Mas, aun sabiendo que esto sucedería y vislumbrándolo ahora con claridad meridiana, no pudo evitar quedarse inmóvil… casi paralizado; mientras a su alrededor discurrían las horas acompasadamente y la luz del sol penetraba lentamente por la cristaleras, ascendiendo por sus piernas hasta iluminarle casi por completo La noche cedió al día, y la razón apareció con certidumbre asoladora, era la hora de marchar, de comenzar un nuevo viaje. No sabía a donde iría, no se sentía ya encadenado a nadie ni a nada. Estaba como perdido, profundamente cansado. Solo sintió eso desde aquel día en adelante. Era evidente, fuese a donde fuese; iría solo. Pasaron los años, sin que pasara nada más que el tiempo, un día Carlos confundió un reflejo del sol sobre una lente con el brillo de una pupila y finalmente se casó. Un aburrido trabajo administrativo, hijos bautizos, comuniones, tardes de sábado con el pijama puesto… y cuando quiso darse cuenta ya casi era viejo y su mujer se estaba muriendo; mientras él, hacía mucho lo había hecho. El día de su jubilación, le prepararon una especie de fiesta sorpresa en el trabajo, era raro que alguien se hubiera acordado de aquel hombre que por no hacer no hacia ni ruido. Todo transcurrió sin demasiado entusiasmo: besos, apretones de manos, algún incomodo abrazo… A la vuelta, ella ya había muerto, se fue un rato y aprovechó para morir como vivió, sin importunarlo. Ya no le quedaba nada que hacer, salvo enterrarla y arrojarse detrás suya, detrás de aquella mujer a la que siempre trato lo mejor que supo, aunque nunca consiguiera mostrarle un amor sincero. Lo intento, cierto es que lo intento, pero no pudo; no supo. Aquella que pudo ser un a estupenda compañera de viaje pero nunca una esposa, había muerto esperándolo, esperando una mirada una palabra, una caricia un gesto… que nunca recibiría, o al menos en el modo anhelado. Más -al menos- se consoloba tercamente -ella ha amado- Funeral, más besos, más abrazos, más palabras incomodas y al final una despedida y el reconocimiento de un amor escueto. Después la vuelta a su casa, su particular infierno, un hogar ya sin hijos, ni llamadas, aquellas que no supo conseguir en el pasado, siendo ya tarde para remediarlo. Una casa sin colores ni músicas, únicamente ella en todas partes, muerta ahora como él y acaso por eso mas cerca de lo que nunca estuvo. Un día, un mes, un año… tres hasta que ella le pide que la busque, que no sea tonto que siempre lo supo, que no lo reprocha. Averiguaciones, el nombre de él… la guía telefónica, un viaje a aquella ciudad de mar y la reserva en el mismo hotel, en la suite que entonces no pudo pagar con a penas 25 años y los bolsillos llenos de arena. Y allí, sentado, sobre la cama, junto a la mesilla de noche y al teléfono, prolongaba el instante lo mas que podía, esperando el momento de discar, mientras apretaba entre sus dedos la amarillenta foto que aun conservaba de ella y un trozo de papel arrancada de un listín telefónico cualquiera. -Si dígame- -Hola buenas tardes (silencio) ¿está Ana?- -Has tardado en llamar- respondió sereno- llevo tiempo esperándote (silencio) 40 años (silencio) los mismos que lleva ella muerta (silencio) uno más de los que podría tener vuestra hija si hubiera nacido(silencio) Los atropello un coche cuando se disponían a irse contigo, la llamada la recogí yo desde el hospital… Soltó el auricular y comenzó a llorar por primera vez desde hacia mucho mas de 40 años. Con ambas manos entre las piernas y las piernas entre las manos, sentado a un lado de la cama, lloró como jamás creyó podría hacerlo, mientras sonaba Stella by Starlight por el hilo musical del hotel y la luz del sol penetraba por la ventana, iluminándole -ahora si- por completo.
(Historia pensada en imágenes o fotogramas) Como tantas madrugadasComo tantas madrugadas te encontrabas recostada sobre mi pecho, tras una larga noche en la que el cansancio fue apoderándose de tu cuerpo lentamente, cediendo este en su adormecedor letargo.
Como me gustas así, dormida, es en momentos como estos cuando te invento, cuando te reconstruyo para que nuestro amor pueda ser eterno, o al menos más duradero. Difumino cada mancha que se cierne sobre nosotros y conmina con separarnos, para después poder reconstruir nuestro verdadero rostro con tapices de recuerdo y el barniz de mis palabras. Rescatando así aquello que vimos el primer día y creímos fuera eterno. Es en esta sucesión de instantes cuando más te quiero, instantes en lo que el ayer, el hoy y el mañana se funden en un segundo de plenitud, en el que quizás estemos realmente juntos.
Ya empiezan a brillar las primeras luces de la madrugada, los albores de la aurora iluminan tu rostro indicándonos que ya se aproxima la hora de tu partida, tu propia huida, tu medio de escape hacia tu otra vida, tan necesaria como cierta, en la que estoy al margen. Hacia un trabajo que nos une más de lo que nos separa sin proponérselo realmente, mientras el tiempo nos va convirtiendo en extraños que no por ello han perdido el recuerdo de lo que fueron, y que yo intento reconstruir con renovadas palabras extraídas de tinteros de esperanza, que cada día abandono sobre el velador que vela por nosotros.
Buenos días amor, el café está sobre la mesa Máquina del tiempoA veces una película, un olor, un poema o una novela; pueden resultar como puentes atemporales hacia nosotros mismos. Lugares comunes, puntos de partida desde los que el reencuentro aún es posible. Al leer a Cernuda, un poema sepultado en la memoria infiel, hace que me lleguen como en torrente, las sensaciones que me invadieron cuando lo leyera años atrás, y que recuerde a aquel niño que en plena clase de literatura se evadía del tedio navegando por los versos de aquel monstruoso mamotreto. Recuerdo sus manos, su ropa, su alegría, sus miedos y su ardua lucha por entenderlo. Hemos ido cambiando lentamente, poco a poco, traicionándonos. Tras trece años algo se a interpuesto entre nosotros, como un vació, un llanto seco tras el que la distancia crece; mas, aún me reconozco en él como en un sueño, al igual que reconozco el poema. Siendo otros somos los mismos. El poema se ha cruzado entre nosotros pervirtiendo nuestra inocencia. Quizás nunca debería haber intentado entender, quizás el entendimiento sea la base del problema. Quizás todo empiece como un juego, como un poema, y cuando queremos mirar atrás, ya casi no podemos vernos. Tus ojosTus ojos ¡Amor!; ¡tus ojos! perdidos de los míos… Tu mirada, esfumándose entre mis antiguas formas, acaso negándome ahora desde su olvido. Tu lengua, ávida de completarse… tu deseo, tu anhelante deseo... enajenado.
Como una sierpe enredándose entre mis cabellos, -descendiendo entre mis pechos y su sexo- te veo tan cerca, ¡amor!, que no te siento, te siento tan lejos, ¡Amor!, que no te olvido.
¿Y tus ojos? como acuarios de peces muertos, extasiados entre sinuosas formas color de olvido, desdeñando mis contornos por mi cuerpo, no; amor, no... tus ojos no son mios. ¿Y nuestro perfil de aire? ¡amor! ¿Perdido? Y yo... fascinada por cuanto en ti jamás será mío, estirando los brazos con triste cansancio sordomudo; loca... perdida entre tus palabras...- tu sonrisa- aquellas que negarían la luz... mi desdicha.. ¿Y tu realidad?… enhebrándose con mi sueño… ¿Y la pasión?... como un enredadera...
Tus palabras aun caen como yelmos huecos, conminando con su vació de ayer y de mañana… impacientando siempre tu oscura espera. -Moldes, huecos de una antigua carencia solapada… ideas de cristal, pájaros enloquecidos de soledad-
La flor perdida de tu pecho, reclamaba en mis manos la vergüenza como ofrenda entregada a su destino. Mis cabellos invocando a tus silentes dedos, entretejiendo tu forma… tu olvido, aniquilando los contornos… su vacío. Mareas como manos surcando mi piel, buscando formas color de olvido.
¿Y tu forma Amor?... ¿Y tu forma? ¿Y Tus ojos Amor?... ¿Y los míos? Separándonos Amor; separando nuestros contornos vacíos; nuestro perfil de aire… ¡Míralo! llorando allí, desde su abismo, entre perturbadores olvidos. Realidades de paja
Ningún dolor puede ser cierto cuando ha sido transmutado en palabras, el lenguaje en si mismo ya requiere una renuncia un falseamiento de nuestros sentimientos. Solo un quejido puede ser cierto y real, un sollozo; a lo más una lágrima. Ni tan si quiera se puede escribir cuando la alegría o la pena te subyuga; te dominan y te embriagan y se hace imposible expresarse. Es necesario un distanciamiento incluso de nosotros mismos para novelar nuestra alegría o nuestro llanto. Pasar una mal momento para rematarlo con un verso que termina de alejarlo, o invocar la felicidad que tuvimos y ahora parece nos ha olvidado. AzucenaUna luz tenue ilumina cada uno de tus gestos -cada leve movimiento- como una sonrisa. De una belleza discreta; suave como un poema, resultas lejana y cercana a un tiempo.
Rebosas humanidad; sencilla y serena. Frágil; de alegre melancolía, igual implotas de emoción que de pena.
Siempre a merced de fugaces sentimientos, incapaz de soltar las riendas de ilusión contenida por muros custodiadores de tu secreto de vida.
¿Quien te frena a ti Azucena? ¿Quién solapa tu torrente de pasiones? ¿Quién oscurece falsamente tu gesto? ¿Qué recuerdos tristes te mortifican? Cuando tú y tu vida sois ya plenos.
Aun recuerdo la rigidez de tus primeros días: el temblor de tu voz, el palpitar de tus labios, y tus palabras subterráneas como un abismo. Si tras ellas no hubiera parpadeado la magia, si tus ojos no hubieran delatado misterio, acaso nunca gozaría yo este feliz tormento.
Dichoso aquel capaz de encender tus ojos; allanarte las barreras y los muros. Dichoso aquel que te permite olvidar aquel solapado dolor de vida. Dichoso aquel que goza de la luz de la sonrisa; que a los demás nos niegas. Que yo ya soy dichoso por tu dicha, JuiciosSi alguna vez fuera juzgado imagino seria condenado a cadena perpetua por no haber vivido. Siempre entre dos mundos, pensando en las repercusiones de cada uno de los actos posibles y renegando de cada camino del laberinto de la vida. Un paso por delante y dos por detrás. A veces siento como si tuviera que pedir permiso para respirar y yo mismo me lo negara. (Sección: Pensamientos positivos para empezar el día) Un día de solSol, mucho sol, las retinas cansadas, vítreas. La piel de los hombros ya se ha pelado y noto una tirantez en cada moflete que hace de cada sonrisa un verdadero suplicio. Tras ocho horas la luminosidad cansa por si misma, no requiere ningún esfuerzo adicional. El bronceado ha ido arrasando cada gesto para terminar borrándolo. Ya apenas soy una mancha sin rasgos ni identidad, un pedazo de mierda secándose al sol. Tantas horas inmóvil pueden resultar el mayor infierno para algunos. Al principio resulta relajante la quietud desde la atalaya de vigilancia. Pero poco a poco vas acumulando nerviosismo. Necesitas correr, hablar, gritar, golpear a alguien.., pero no hay nadie, ni espacio para hacerlo. Tan solo el vértigo desde el que contemplas un micro mundo que te pagan por controlar con desgarradoras estridencias. Si al menos no tuviera que utilizar este silbato, si pudiera fumar un cigarro de tanto en tanto, si me dejaran una silla para sentarme, si este puto sol no me estuviese quemando; quizás entonces podría relajarme un poco. No se como nunca nadie se ha tirado al vacío desde aquí, hay instantes en los que pierdes toda perspectiva y serias capaz de cualquier cosa en busca de alivio. Es solo un salto, inclinarte bien y hacerlo certero Paccccc. Quizás ya haya pasado, este pasando o estrene yo la estadística. Crees que un día reventaras, que no podrás con tanto nerviosismo acumulado, mas al cabo de una semana va cediendo y se vuelve melancólico hastió. Después… nada. Te acostumbras a esta rutina aunque nunca te acostumbres demasiado. Una parte de ti va muriendo cada día, la soledad se instala en cada gesto. Una hora, otra mas.., tiempo, solo tiempo desprovisto de cualquier distracción o movimiento. Ruido alrededor: estridente, desgarrador, ni tan siquiera una palabra, un sonido.., Te vas secando, pierdes toda motivación, quieres escapar pero no puedes. Algo te atenaza, la inercia, tu mismo quien sabe. La puerta esta abierta pero no puedes traspasarla, solo saltar, eso si podría hacerlo. Las fuerzas te van abandonando, la ilusión se desvanece. Pierdes toda la humanidad que puede haber en ti, y te vuelves un autómata incapaz de soñar. Todo te molesta, al cabo de un mes un simple saludo te cuesta formularlo. Son las pequeñas cosas las que te salvan del naufragio… del salto: un modo especial de arrastrar los pies, un modo de correr, de mirar, una sonrisa… Las vidas de aquellos que te rodean se ponen a relieve, imaginarla suele ser la clave para soportar el trabajo. Es curioso, al cabo de unos días llegas incluso a odiar a ciertas personas a las que no conoces mas que de mirarlas, del mismo modo ahí personas a las que les coges cariño; si te descuidas puedes incluso enamorarte. La vida se reorganiza a través de un escueto círculo, las sensaciones se reducen en escasas personalidades: Odios, amor, admiración, rechazo, parece que como un caracol llevase uno todo su mundo a cuestas y no hiciera mas que desplegarlo en un lugar determinado. Nuevas personas, idénticos personajes. A veces surge el milagro de la sorpresa, alguien que se resiste a ser etiquetado. El sueldo es escaso, mas es fácil incrementarlo. Al turismo una sonrisa. ¿Ocho horas al sol o una hora a la sombra? Cuesta decidirse y lo que más jode es que al final decida un puto prejuicio. Cada cual te trata en función de lo que es. Importa poco, pero se agradece una sonrisa, te desarma, al igual que una mirada franca. El sonido llega a ser incluso más insoportable que la luz. Gente gritando sin nada aparente que decir, tan solo ruido inarticulado con el que centrar la atención por un momento sobre sus cráneos. El roce de las alas de una mosca podría volverte loco, sus mordiscos te hacen dudar de estarlo. Una mirada te despierta del sopor, ves intención pero no te interesa, a penas eres ya capaz de farfullar, no digamos de soltar piropos. Al menos mientras se zambullen están callados, que no silenciosos. Siempre me gustó la gente callada, discreta, quizás admire lo que habitualmente me falta. Me disparo demasiado pronto aunque tb a veces calló durante semanas simplemente por no apetecerme decir nada. Al principio cuesta mantener las hormonas a raya, revolotean como mariposas y parecen querer salirse por el bañador, después uno se acostumbra u y se torna imperturbable a ciertos estímulos. Quien diría que tras unos ojos herméticos puede estar gestándose un poema que después arrasará el viento. En un segundo pueden nacer mil pensamientos y en ocho horas puede no surgir ninguno. Acabo la jornada. Mañana regresaré temprano; a la misma hora. Tengo que cambiar de trabajo, de peinado, de vida… quizás mañana toque el doble tirabuzón con plancha… quizás lo más duro sea saber que el mañana no existe, que yo no soy capaz de saltos mortales ni de grandes acrobacias.
(Para que después digas que tengo fijaciones administrativas)
PrejuiciosUn prejuicio, tan solo un prejuicio puede bastar. Llevaba largo tiempo observándola, años quizás, ya no recuerdo. Me gustaba mirarla, solo eso. Me hacia sonreír, incluso a veces enternecerme. Morena, nerviosa, desaliñada, de movimientos torpes y equívocos... Nunca habíamos hablado. Lo más miradas esquivas que corrían a través de los espejos de aquel gimnasio. Un día no vino, tan poco al siguiente, entonces me sorprendí descubriendo sentir algo por ella. La busqué sin proponérmelo. Por las calles, en la escuela, en el súper, en los bares… Nada, quizás hubiera muerto; cuántos conocidos se traga así la tierra. Marinero en tierra1 85 metros de eslora, viento de poniente y una fría brisa que agudiza los sentidos. El velero se hendía en los mares como un gran ataúd a la deriva de su muerte. El camarote mientras tanto, oscilando en sempiterno recorrido, asemejaba una gran cuna meciéndole en su sueño. A un lado, a otro; oscilante crepitar de maderos viejos y desarticulados por el tiempo. Un haz de luz crepuscular se filtraba a través de la claraboya de la pared, cegándole como a un enorme cíclope y acariciando todo su cuerpo aterido por el fantasma de la noche. El viento, ululando en el exterior, iba depositando en su oído extrañas confidencias. Misterios confesados por el éter, ante la certeza de ser después olvidados. Arcanos de otros mundos o tiempos acaso mejores, que se filtraban a través de los oxidados pernios de la puerta de su camarote, para después franquear el umbral de su oído silente y lóbrego. Un sonido le sobresalto. La realidad pugnaba por imponerse. Pareció a punto de regresar, más Morfeo estuvo rápido alcanzando un par de antiguas imágenes deshilvanadas y entretejiéndolas en nuevos tapices de caprichosas formas de color. Cuesta acostumbrarse a esta vida de mar; a este vaivén ininterrumpido; a la fragilidad de un mundo sin equilibrio como una silla coja a la que hubiera que poner zancos. Algunos no se adaptan nunca a este vivir errante; esta vida sin referencias ni parangones, esta tierra de nadie desde la que se esta expuesto a los avatares y envites de una nada voraz y una naturaleza violenta. Aquellos que no tienen verdadero vocación de marino o de poeta, regresan a tierra en poco tiempo o se convierten en eternas estatuas de sal de semblante insatisfecho. ¡Desterrados soñadores de realidades ya muertas! Otros en cambio, una vez pasado el primer desconcierto, no pueden regresar a tierra firme y necesitan el vértigo de una existencia a la deriva, a la que se entregan día tras día, huyendo de la comodidad y la seguridad del desayuno a las 8:30. Una exigua minoría -quizás los más valientes- huyendo de toda atadura, rompen la brújula para evitar ser seducidos por el canto de las sirenas de la gran ciudad y su engranaje, y penetran más y más en esa patria de todos y de nadie de la que ya nunca puede regresarse. El imponente mástil, oscilante e inhiesto, apuntaba al cielo queriendo quizás horadarlo y alcanzarlo en su secreto. La proa, surcando las aguas, refrescaba el madero en su velocidad y abría nuevos e inquietantes senderos. Sobre el timón cedido a la fuerza de los elementos corrían aires de libertad. El timonel mientras tanto naufragaba en el sopor de sus propias aguas procelosas, en las que tiburones iracundos asediaban su sosiego, despedazándolo en sonoras dentelladas filtradas a través de su sueño. Esta vez no había conseguido resistir la mordida de lo real, algún gato debía de haber tirado algún vaso de la cocina, que a su vez habría estallado en el suelo como dos mil colmillos de cristal sumergido. Sus ojos se fueron abriendo lentamente, como si del lacre de una carta se tratase. No sabia ni donde estaba ni quien era, ni tan si quiera como había llegado hasta allí. Se encontraba atravesando una puerta desde la cual es difícil transportar cualquier recuerdo y que actuaba como punto de unión entre dos vidas distintas e indisolubles que se complementaban entre si como un engranaje de carencias perfecto. El ojo de buey resulto ser una desvencijada persiana por la que se colaban los destellos de luz de un día ya acabado; el ulular de la brisa, un jirón de un toldo roto empujado por el soplo de una ciudad de mar; el camarote, una habitación pequeña a modo de ataúd, sobrecargada en sus esencias y la presencia de la muerte, resulto por oposición o falta de vida… Se había quedado dormido, quien sabe que hora seria, lo único seguro es que como siempre y fuera lo que fuese lo que tenia que haber hecho, o no lo haría o llegaría tarde. Infinidad de imágenes poblaron su mente, como retales de una vida desordenada en sus detalles. Después vino el orden, el viaje simbólico por su memoria a través de las habitaciones en que alguna vez había dormido. Las camas actuando como verdaderas escalas, a través de las cuales viajaba por su memoria como en una maquina del tiempo o como en el que dicen el túnel de la muerte. Aun no sabia donde estaba ni quien era mas ya comenzaba a atisbar quien podría ser, y ante todo quien podría haber sido, si el azar se hubiese mostrado en otra forma. Tras finalizar dicho viaje, que no debió durar más de un segundo, reconoció su estancia, su cama y su vida y en un esfuerzo titánico intentó reagrupar una par de imágenes borrosas que le permitiera seguir soñando. Más, al no conseguirlo, decidió al menos mantener los ojos cerrados, a la espera de algún paramnésico milagro. Llevaba largo rato despierto, más aun no albergaba valor suficiente como para abrir los ojos y enfrentar el nuevo y viejo día. Se sentía pequeño, miserable y profundamente ridículo. Colocado ante un mundo que se tornaba excesivamente sórdido y amenazador para su alma cansada. Pensar en realizar cualquier acto por insignificante que fuera, se le mostraba como una hazaña digna de un verdadero héroe espartano, y ya apenas le quedaban fuerzas ni tan siquiera para la aventura de lo cotidiano. Su mente entremezclaba los recuerdos del día pasado con los proyectos del venidero, desde una perspectiva ignominiosa desde la que todo resultaría funesto. La vida se presentaba como un extraña amalgama de de pasado y futuro, una viscosidad también llamado presente, cuyo centro de gravedad va basculando desde el mañana que se agota, hacia el ayer que inevitablemente crece, en un continuo fluir en el que todo se torna sombras de recuerdo, que pasamos a integrar un instante antes de disolvernos en la niebla de nuestra memoria. Ya con los ojos abiertos y la mirada perdida en los misteriosos mapas de humedades y tesoros del techo, se le mostraba el aspecto más frágil y miserable de una vida deshilvanada en instantes arbitrarios y en parte falaces, pero no por ellos menos hirientes; despertando así el sentido del ridículo, que con toda su mal reprimida fuerza, regiría cada uno de sus actos: pasados, presentes y venideros; para disiparse lentamente durante el día, remitiendo definitivamente al acabar la jornada. Bastaría con despertarse del todo, y acabaría esta turbia neblina de confusas percepciones, este extraño dolor de vida, este infierno. ¿Por qué esta férrea resistencia a comenzar este periplo de ida y vuelta? ¿Por qué esta tendencia a un fatal inmovilismo desde el cual todo acto se torna absurdo? Tan solo voltear un par de veces la cabeza y todo volvería a enfocarse en su habitual mentira. Cesaría esta procesión de imágenes hirientes, como cristal de metal roto en sus parpados aún soñolientos. Sin embargo, una especie de ángel exterminador parecía impedirlo, prolongándose así este eterno instante, de retorno eterno. Idéntica letanía visual; igual parto; similares mentiras; y la esperanza en un futuro en el que parecía condenado a reinventarse a si mismo y a un entorno que de otro modo no mostraría aliciente alguno para la vida. Salir del abismo de oscuridad y confort enfrentando la realidad y sorteando los sibilinos monstruos que acechaban desde el sinsentido de una esperpéntica vida colmatada de mentiras jamás perdonadas. De la oscuridad a la luz, de las tinieblas a la vida. Negar esta nada aniquiladora que se cierne sobre su futuro y darle la forma de una ilusión renovada y cambiante, para impelerse hacia un esperanzador mañana de piel ya caduca. Ya no existían los reyes magos, ni el chocolate de la infancia; tan solo colores a modo de espejismos, entre lagrimas y haces de luz de un nuevo día. Necesitaba caminar, estirar sus pesados circunloquios sobre el pavimento y aclarar sus piernas sobrecargadas por la apatía que impregnaba aquel sórdido y abrumador cuartucho. Aquel triste sujeto había aprendido a vivir distanciado de si mismo, mientras con mirada escéptica escrutaba y convertía en humo cada una de sus actos. Giró la cabeza descubriendo que al parecer no llegaría tarde a ningún sitio. Aún no eran las 8:30 y por eso el despertador no había sonado. No pudo evitar el sobresalto causado por el pitido ya anunciado, así como tampoco pudo evitar sentir un profundo abatimiento frente al espejo, mientras con triste nudo marinero, se anudaba su corbata, de oficinista satisfecho. (Pendiente de reescribir) Nada es lo que parece
A veces nada es lo que parece.., |
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