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日志


Ficciones

Recuerdo (o invento, o recuerdo inventando, quién sabe (menos yo mismo, que olvido e imagino demasiado y adolezco  de paramnesia desde hace ya poco mas de  veintitantos años mal contados (y peor definidos))) que cuando era niño, por higiene mental y en el intento de evitar puñaladas posteriores por la espalda, si me peleaba con un niño procuraba ganarle, para así poder después ofrecerle mi amistad sin reticencias. Si el otro ganaba otro gallo cantaba y por regla general, salvo honrosas excepciones a  las cuales convertiría o se convertirían en amigos con el tiempo, el susodicho intentaba humillarme hasta las últimas consecuencias. Dada mi hambre voraz, que aun conservo, el bocadillo era algo a lo que no estaba dispuesto a renunciar. Llamémoslo egoísmo llamémoslo perpetuación de este raro espécimen egoísta, lo cierto es que  creo que eso me dio mas fiereza en los combates, por lo que a penas perdí salvo los ya perdidos  de antemano o “antecuerpos”, ya que ante semejantes cuerpos: con brazos como melones y espaldas como graneros, era evidente que tenia dos opciones; dar el bocata o salir corriendo, ambos actos de gran cobardía ya que hasta a un maratoniano lo considero un pusilánime. Después todo cambiaria y las excepciones se convertirían en norma, ya que  llegó el día  en que todos se desarrollaban con celeridad mientras yo permanecía  con un rostro angelical de niño alado, que creía fuera eterno.

Luego, algo más crecidito, probé con las mujeres  la misma táctica, ya que a falta de verdadero conocimiento o inteligencia, solo el empirismo me servía a modo de aprendizaje. Cuando me aburría de una persona o sentía, para mi tristeza,  que  ya no sentía nada por ella y nos habían abandonado a ambos las palomas que un día se posaron en nuestro estomago, me despedía y después negociaba su amistad a la que yo me brindaba sin ambages. No tarde en darme cuenta de que esta táctica tan miserable no daba frutos ya que había algo por medio mal llamado amor propio u orgullo, cuando quizás debería llamarse miedo o acaso complejo. Decidí entonces que solo siendo dejado podría de verdad liberarme -que no redimirme-. No sabia como hacerlo, ¿Qué hacer sin incurrir en mil errores, para que la otra persona decidiera desprenderme hacia el olvido? Si intentaba herirla sabia que ella no podría alejarse, y buscaría ocasión tras ocasión, el momento para su derecho de replica y cargar sobre mi  todas las culpas de este mundo y de nuestra vida, desde el estado del cepillo de dientes hasta el de la capa de ozono, muy relacionados por otra parte. Llegaría a  envilecerme de tal modo que yo, que por otro lado me lo creo todo si me sugestionan lo suficiente y por otro  me siento culpable fácilmente, me vería a mi mismo como al ser despreciable que quizás si fuese en el fondo, pero como uno es muy coqueto no permitiría que me mostrasen  el otro lado del espejo, donde quizás resida el mismo cuadro que le hicieron a un tal Dorian. No, esa opción no era buena, para vanidades susceptibles, no quería que se formulase en ella  esa  extraña amalgama de amor y odio mal definidos, desde la que utilizaría a modo  de artillería, todos los  reproches de una vida poco satisfactoria para ambos. Así que, como buen defensor de la cobardía humana, me puse en marcha y decidí cambiar mi estrategia fracasada. Era fácil, solo debía buscar aquello que ella no toleraría en mí -ni en otro-, aquello que me haría indigno a sus ojos y que me imposibilitaría como ser amado. Debía manifestar todo ello  como propio, como los rasgos fundamentales de una personalidad que supuestamente habían quedado vedados para ella por el amor y su coquetería, y ahora se manifestaban claramente en nuestra nueva y sórdida vida en común recientemente estrenada. Pero debo confesar que ni todo era inventado ni me era tan ajeno, a veces servía mostrar las propias debilidades personales exacerbándolas hasta rozar el patetismo: los miedos, las inseguridades… mostrándolas todas hasta convertirme ante ella, en un  muñeco de trapo mecido por los vientos y dependientes  de su consuelo y su sonrisa.

Buscando ese personaje vulnerable, débil cobarde, inseguro… a modo de mamarracho que aún así no se privaba de tanto en tanto de ser sentencioso y aconsejar a ella o a otros afines a su vida,  el modo en que debían vivir  su vida impartiendo cátedra como todo bobo solemne que desconoce o finge desconocer serlo, reconozco que encontré  ciertas facetas de mi mismo. ¡Ohhh horror!  ¡ Ohhh paradójico destino!!! Jugando a ser otro terminas siendo tu mismo. Pero,  volviendo a lo anterior –o quizás a lo venidero, lo cierto -o no tan cierto-  es que es más fácil dejar a alguien que crees no te merece, a que alguien te deje cuando temes  no le mereces tú y te atormenta esa verdad irreconocible  en palabras. O más aún, a veces resulta más fácil abandonar a otro, porque  temes no merecerías ser feliz a su lado ni en ningún otro lado, ya que la felicidad, -desde lo más profundo- sientes que es un privilegio que te queda vedado, y aunque te empeñes en buscarla por todas partes, cuando crees vislumbrar su posibilidad,  junto a alguien o a ti mismo , te das cuenta  de que no eres capaz de  concedértela, porque algo de ti, como un ángel exterminador -y no de Buñuel en este caso- te lo niega. (Bobo solemne en acción: SOS, SOS) ya que como diría el sabio  <…¿Quién me pone la pierna encima, para que no levante cabeza? ¿Quién, quién?...>  

Bueno, ya me perdí, siempre me pasa, volviendo a lo inmediato, a la historia tan poco lógica, lo cierto es que ellas casi nunca mostraron tanta piedad por mí como yo deposite en ellas, casi nadie me dio excesivas explicaciones y la estrategia -digamos-  fue un “éxito”, ya que me abandonaron sin muchas contemplaciones y pudimos mantener una amistad que fue diluyéndose poco a poco con el tiempo a falta de un verdadero interés, en un mundo en el que pocos hablan por hablar o andan por andar, si no que cada acto suele buscar un fin determinado, salvo entre los idotas, grupo en el que con sumo  gusto, no exento de cierto pudor, me incluyo. Al menos ya sabía que ya nadie me daría una puñalada trapera por la espalda, ni me pedirían el bocadillo, ni jugarían a humillarme como a aquel niño. Pero claro, nada de lo dicho  serviría para un amor verdadero, para un sentimiento que se extienda mas allá de la ensoñación de los primeros meses  y su coquetería, y no olvidemos (o olvide yo, que sería para mi  más grave ya que al resto poco importa) que ante todo yo he sido un cobarde, y cuando he creído poder amar y perder mi  ridículo norte, -con mi poca orientación natural y mi natural egoísmo acaparador- he decidido que al igual que no compartiría el bocadillo, tampoco la vieja brújula que guardo en el bolsillo derecho del pantalón, -junto a la cartera-, y  he salido corriendo  con las piernas temblándome ante la simple posibilidad de que yo podría no ser bastante para la otra parte, y sabiendo que no querría sentir la misma compasión que yo sintiera en otros tiempos por otras, no solo  por que no todo el mundo reacciona igual, y algunos  desprecian y ridiculizan aquello que  desde lo más profundo y sin quererlo no respetan, la fragilidad, la debilidad, la dependencia, mucho mas aun, desprecian lo que sienten en cierta forma que  ya es suyo, sino porque siempre fui soy y seré un cobarde y un torpe incapaz de comprender un mapa, o volver del supermercado si pierdo mi vieja brújula .

No voy a  ser yo quien de consejos a nadie, ni me meta en relaciones de otros,  seré bobo, pero ya no solemne.

Alguien  podría preguntarse a estas alturas, si hubiera llegado a leer hasta aquí -cosa que  dudo-  que qué es este texto, que qué tiene que ver conmigo: pues a decir verdad –aclaro- nada de nada o poco de poco, siendo tan solo una  mera idiotez, -que no un mero en aceite- de este recién proclamado idiota,  que simplemente  empezó sin darse cuenta a dar vueltecitas rituales alrededor de su ombligo, -o quizás del ombligo de un hasta ahora desconocido. Que porque tengo -o tiene-  uno solo, que si tuviera dos, no me quedaría ni tiempo para contemplarlos a ambos…

Luis Cernuda- A un poeta futuro

A UN POETA FUTURO

No conozco a los hombres. Años llevo
De buscarles y huirles sin remedio.
¿No les comprendo? ¿O acaso les comprendo
Demasiado? Antes que en estas formas
Evidentes, de brusca carne y hueso,
Súbitamente rotas por un resorte débil
Si alguien apasionado les allega,
Muertos en la leyenda les comprendo
Mejor. Y regreso de ellos a los vivos,
Fortalecido amigo solitario,
Como quien va del manantial latente
Al río que sin pulso desemboca.

No comprendo a los ríos. Con prisa errante pasan
Desde la fuente al mar, en ocio atareado,
Llenos de su importancia, bien fabril o agrícola;
La fuente, que es promesa, el mar sólo la cumple,
El multiforme mar, incierto y sempiterno.
Como en fuente lejana, en el futuro
Duermen las formas posibles de la vida
En un sueño sin sueños, nulas e inconscientes,
Prontas a reflejar la idea de los dioses.
Y entre los seres que serán un día
Sueñas tu sueño, mi imposible amigo.

No comprendo a los hombres. Mas algo en mí responde
Que te comprendería, lo mismo que comprendo
Los animales, las hojas y las piedras,
Compañeros de siempre silenciosos y fieles.
Todo es cuestión de tiempo en esta vida,
Un tiempo cuyo ritmo no se acuerda,
Por largo y vasto, al otro pobre ritmo
De nuestro tiempo humano corto y débil.
Si el tiempo de los hombres y el tiempo de los dioses
Fuera uno, esta nota que en mí inaugura el ritmo,
Unida con la tuya se acordaría en cadencia,
No callando sin eco entre el mudo auditorio.

Mas no me cuido de ser desconocido
En medio de estos cuerpos casi contemporáneos,
Vivos de modo diferente al de mi cuerpo
De tierra loca que pugna por ser ala
Y alcanzar aquel muro del espacio
Separando mis años de los tuyos futuros.
Sólo quiero mi brazo sobre otro brazo amigo,
Que otros ojos compartan lo que miran los míos.
Aunque tú no sabrás con cuánto amor hoy busco
Por ese abismo blanco del tiempo venidero
La sombra de tu alma, para aprender de ella
A ordenar mi pasión según nueva medida.

Ahora, cuando me catalogan ya los hombres
Bajo sus clasificaciones y sus fechas,
Disgusto a uno por frío y a los otros por raro,
Y en mi temblor humano hallan reminiscencias
Muertas. Nunca han de comprender que si mi lengua
El mundo cantó un día, fue amor quien la inspiraba.
Yo no podré decirte cuánto llevo luchando
Para que mi palabra no se muera
Silenciosa conmigo, y vaya como un eco
A ti, como tormenta que ha pasado
Y un son vago recuerda por el aire tranquilo.

Tú no conocerás cómo domo mi miedo
Para hacer de mi voz, mi valentía,
Dando al olvido inútiles desastres
Que pululan en torno y pisotean
Nuestra vida con estúpido gozo,
La vida que serás y que yo casi he sido.
Porque presiento en este alejamiento humano
Cuán míos habrán de ser los hombres venideros,
Cómo esta soledad será poblada un día,
Aunque sin mí, de camaradas puros a tu imagen.
Si renuncio a la vida es para hallarla luego
Conforme a mi deseo, en tu memoria.

Cuando en hora tardía, aún leyendo
Bajo la lámpara luego me interrumpo
Para escuchar la lluvia, pesada tal borracho
Que orina en la tiniebla helada de la calle,
Algo débil en mí susurra entonces:
Los elementos libres que aprisiona mi cuerpo
¿Fueron sobre la tierra convocados
Por esto sólo? ¿Hay más? Y si lo hay ¿adónde
Hallarlo? No conozco otro mundo si no es este,
Y sin ti es triste a veces. Ámame con nostalgia,
Como a una sombra, como yo he amado
La verdad del poeta bajo nombres ya idos.

Cuando en días venideros, libre el hombre
Del mundo primitivo a que hemos vuelto
De tiniebla y de horror, lleve el destino
Tu mano hacia el volumen donde yazcan
Olvidados mis versos, y lo abras,
Yo sé que sentirás mi voz llegarte,
No de la letra vieja, mas del fondo
Vivo en tu entraña, con un afán sin nombre
Que tú dominarás. Escúchame y comprende.
En sus limbos mi alma quizá recuerde algo,
Y entonces en ti mismo mis sueños y deseos
Tendrán razón al fin, y habré vivido.

Luis Cernuda, Como quien espera el alba, 1947.

Elegia- Miguel Hernández

Elegía a Ramón Sijé

(En Orihuela, su pueblo y el mío, se me
ha muerto como el rayo, Ramón Sijé,
a quien tanto quería.)

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas,
y órganos mi dolor sin instrumentos,
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler, me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo voy
de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano está rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes,
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero mirar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera,
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas
y tu sangre se irá a cada lado,
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas,
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

Entre la soledad y el amor Alfredo Brice Echenique

(…) en Francia andaba, ahora, yo, y en la costa azul, y en un hotelito de Saint –Rápale, muy precisamente, cuando la esposa me dijo: <<Apaga ya la luz , y déjate de cuentos>>. Le dije que no me atrevía a apagar la luz  y a dejarme de cuentos, y ella me respondió apagando por mí  y explicándome que mañana me iba a acompañar, si,  bueno, que pesado eres,  pero sólo hasta al estación del tren para que yo luego siguiera mi viaje en solitario hasta Barcelona, donde me esperaba al luz de una esperanza. La esposa se quedó dormida en pleno nuestro primer y quizás último viaje a la Costa Azul, qué despilfarro, y mi angustia y mi recién estrenado terror a la oscuridad empezaron a crecer sin explicación alguna. Y sin siquiera un antecedente alguno, por la sencilla razón de que yo nunca antes había sentido miedo por causa de la oscuridad. Ni tampoco por causa de la claridad ni de la lluvia ni del sol ni de la primavera, el invierno, el verano o el otoño. Estaba estrenando ansiedades terrores  y la esposa sencillamente no lo podía creer, y, como tantos  con tantos otros inexplicables  y muy recientes estrenos, se indignaba al verme así, a menudo indigno, indigno y sin respuestas. Sólo aterrado por algo que nunca antes lo había aterrado a uno. Aterrado en un cine, aterrado al ir a mis clases, aterrado de estar aterrado. Y con esos ataques del terror en medio del terror, para colmo de males, que debe de haber sido entonces  cuando un alma caritativa me entregó aquel frasco de Tranquilizante-1000 que yo solía abrir y consumir en un abrir y cerrar de ojos, como quien le da a su atroz alarido  el alimento debido. Pobrecita, la esposa, que indiferente dormía a mi lado, qué inocente de mi dolor, qué  de espaldas al mundo de todo dolor  que no fuera demuelas y asociados, digamos. Y como, enamorado y respetuoso, se aguantaba uno el alarido o lo taponaba  con una mano feroz mientras encontraba la puerta de una habitación  que generalmente daba al vacío y se escapaba corriendo  con el frasquito color serenidad  apretado con todo el alma  por una mano (…)

Retazos

(...) al fin y al cabo todos vivimos de emociones, de sentimientos, en una vida en que realidad y sueño se entretejen  como en una sinuosa madeja de diferente color.(...) Entre símbolos y emociones escapamos de lo inmediato como tras un naufragio, permitiéndonos por un momento jugar a  ser otros o  simplemente desdibujarnos si no nos apetece seguir siendo nosotros mismos (...) Pero... pocos  son los que no regresan de inmediato a la realidad cuando una emoción parpadea  y conmina con desaparecer o tomar forma amenazadora, pocos dan importancia a esta otra vida paralela,  producto de ensoñaciones aleatorias y parte de una realidad emocional “manifiesta” y “clara”.  (...)Sin embargo,  algunos, pocos, no pueden evitar  preferir vivir del otro lado, dándole más valor a una mirada, un sueño o una emoción presuntamente compartida, que a la sórdida soledad de la realidad cotidiana. (...)

Estracto Rayuela-Cortazar

"...Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitás a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo mas profundo de la posesión no estás en mi, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa, hay horas en que me atormenta que me ames (…) me atormenta tu amor que no me sirve de puente porque un puente no se sostiene de un solo lado(…)  y no me mires con esos ojos de pájaro, para vos la operación del amor es tan sencilla, te curarás antes que yo y eso que me querés como yo no te quiero. Claro que te curarás, porque vivís en la salud, después de mí será cualquier otro, eso se cambia como los corpiños (…) Yo quería un amor pasaporte, amor pasamontañas, amor llave, amor revólver, amor que le dé los mil ojos de Argos, la ubicuidad, el silencio desde donde la música es posible, la raíz desde donde se podría empezar a tejer una lengua. Y es tonto porque todo eso duerme un poco en vos, no habría más que sumergirte en un vaso de agua como a una flor japonesa y poco a poco empezarían a brotar los pétalos coloreados, se hincharían las formas combadas, crecería la hermosura. Dadora de infinito, yo no sé tomar, perdoname…”

¿Normas?, ¿costumbres?, ¿prejuicios?

 

Texto robado... (gracias)

No sé a ciencia cierta el por qué de muchos de mis comportamientos; el caso es que habían pasado muchos meses, casi dos años desde la última vez que fui a visitarles, ellos fueron mis suegros, después de separarme mantuve con ellos una muy buena relación, les iba a visitar y ellos venían a casa, mi ex marido inició una nueva relación y a partir de ahí llegó el divorcio y yo sentí que eso me ubicaba en otro espacio, que el que de alguna forma todavía mantenía, ahora pertenecía a otra mujer, y consideré que lo más coherente era distanciarme de mi ex familia política.

No fue nunca un distanciamiento radical, nos llamábamos por teléfono, recordábamos fechas, cumples y esas cosas, pero si que fue físico; estas navidades pasadas decidí que iría a verles y así lo hice, mi ex suegra me recibió con su calidez y cercanía de siempre, le noté el paso del tiempo, pero sólo a nivel físico, en todo el tiempo que estuve allí no dejó de mantener mi mano entre las suyas, él, mi ex suegro me recibió con un abrazo de esos fuertes, reconocí aquellos que me brindaba cuando yo apenas contaba 18 años y que era un abrazo que era capaz de elevarme unos centímetros del suelo, yo ya no soy aquella niña enclenque ni el conserva la fortaleza de aquellos años, pero sentí la misma fuerza en su abrazo.

Pasamos casi cuatro horas hablando, de esto, de aquello, de mil cosas.

Volvía para casa y conduciendo iba pensando, el la tramitación del divorcio, en el convenio regulador, en todo lo que en mi caso, el acuerdo mutuo y las leyes dejaron dispuesto, pero me nacía una pregunta ¿cómo y dónde queda todo eso que en los papeles no figura?, ¿dónde queda todo lo que les quiero?, ¿dónde lo que ellos me quieren a mi?, el bienestar que nos proporciona vernos y charlar por largas horas?, y decidí, que no importaba el parentesco, que oficialmente ya no seamos familia, que les sigo queriendo, que al haberse hecho más mayores, además de todo el cariño que me une a ellos va creciendo una gran ternura un desear abrigarles y que me abriguen, y que como en tantas otras cosas iré a verles cuando mi corazón me lo dicte.

Mi ex suegro es una persona sencilla, un extremeño entrañable, cercano, generoso, parlanchín; hace casi nueve años y después de una larga y dolorosa enfermedad falleció mi padre, mi padre fue una persona muy estimada, muy respetada, un ser que se comprometió con el mundo en el que le tocó vivir, yo lógicamente, le amé, le respeté, y le admiré, para mí sigue siendo ese espejo en el que un día quise mirarme, y en el que todavía encuentro tantas y tantas respuestas, pues bien, mi ex suegro conocía todos esos sentimientos que me unían a mi padre, y en el día de su entierro y entre las cientos de personas que nos acompañaron en ese momento, estaban los que entonces eran mis suegros, él, cuando ya abandonábamos el cementerio, tiró de uno de mis brazos y me hizo un aparte del resto de la gente, tomó mi cara entre sus manos y con los ojos empañados en lágrimas me miró fijamente y me dijo:  María, no te has quedado sin padre, siempre me tendrás a mí, y así ha sido hace pocos días lo he podido comprobar.

No, los convenios reguladores no hablan de todo esto, las leyes tampoco, esto no se escribe, podría decirse que es todo lo que los papeles no dicen, que tampoco tienen por qué decirlo, seguro que no, pero se me ha mostrado una lección, los afectos no deberían dejarse perder nunca, y me lo aplicaré, porque... Les quiero!!

(con permiso)

La Señora Dalloway -Virginia Wolf

(...)Clarissa tenía una teoría en aquellos días  (tenían montones de teorías, siempre estaban teorizando, como les sucede a los jóvenes). Aquella, en concreto, era para explicar su sentimiento de insatisfacción; no conocer a la gente; no ser conocido. Porque ¿Cómo podían conocerse? Se veía a alguien  a diario hasta que desaparecía durante seis meses, o durante seis años. Era muy poco satisfactorio, los dos estaban de acuerdo, conocer tan mal a las personas. Pero, yendo en el ómnibus  que subía por Shaftebury, Clarissa había dicho que  le parecía estar en todas partes; no <<aquí>> (repitió la palabra tres veces, al tiempo que golpeaba el respaldo del asiento), sino en todas partes. Agitaba la mano, subiendo por Shaftebury Avenue. Era todo aquello. De manera que para conocerla, o para conocer a cualquiera, había que buscar a las personas que los completaban, incluso los sitios. Clarissa sentía extrañas afinidades con personas con las que nunca había hablado, una mujer con la que  se  cruzaba por la calle, alguien detrás de un mostrador; incluso con árboles o con graneros. Todo ello desembocaba en una teoría trascendental que, dado su horror  a la muerte, le permitía creer, o decir que creía (o ese a su arraigado escepticismo), que, como la parte visible de cada uno era tan reducida comparada con la otra, la invisible, tan extensa, quizás esta ultima sobreviviera, unida de algún modo a esta o a  aquella persona, o incluso ligada a ciertos lugares. Quizá, tal vez (...)